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Europa07: Alsacia, blanca navidad
Volver. Una desazón gris se me ha adherido a la piel como una compañera incordiona. Me persigue desde hace algunos días y no se separa de mi. Me llena de melancolía y hace que todo el viaje parezca un sueño.
Sra. Caracol
La realidad empieza a materializarse en palabras que empiezan a sonar en nuestros desayunos caraveneros: “regreso”, “trabajo”, “final”, “se acaba”… y no puedo evitar hacerme la remolona y resistirme… como cuando los domingos ronroneas en la cama y te escondes bajo las sábanas estirando esa placentera sensación de semiinconsciencia hasta que tu Pepito Grillo te jalea que debes levantarte. “Solo unos minutos más… por favor, se está tan bien….” Así que lucho contra las horas que pasan, contra los días que se acaban, contra la idea de que estas aventuras ya no volverán, que se instalarán en mi memoria como un recuerdo más, lleno de colores y olores, de risas y encuentros, de sueños y recuerdos.
Pero en el fondo estoy contenta, porque allí, en mi imaginario, estas vivencias serán siempre colores vívidos, olores sabrosos, risas felices y encuentros especiales, incluso más que los que en realidad vivimos. Así ocurre siempre, cuando pasa el tiempo, lo bueno lo evocamos mejor de lo que era, y lo malo, menos mal, acabamos olvidándolo.
Pero lo mejor de todo es haber podido aprender, un poquito, que los caminos se hacen caminando, no imaginando, que la vida nos la podemos diseñar nosotros mismos con un poquito de ganas, que los sueños se pueden cumplir aunque “parezcan de locos” y que no hay reglas escritas parea ser feliz. Que lo bueno del viaje no es la meta, son los frutos que recoges viajando. Que las metas son modificables. Que se puede vivir sin un plan e improvisar destinos. Que somos muuuyyyy afortunados por haber podido descubrir todo esto. Que el tiempo es una medida relativa, sobre todo el tiempo de los sueños, donde todo tiene otra dimensión, donde las cosas a veces pasan muuuy despacio y otras se aceleran sin marcha atrás. Como en una película a cámara rápida. Pero nuestro tiempo, ese que hacemos nuestro mientras lo vivimos, ese es el que marca la diferencia, el antes y el después de los viajes que emprendemos en la vida, de las decisiones que tomamos, de los riesgos que corremos, de las cosas que dejamos o empezamos. Un tiempo de viaje para vivir una vida. Una vida en el tiempo para recordar cuando volvamos.




Europa07: Bern, Klee, escenarios y puntualidad
Ya estamos en Suiza, país de las postales navideñas. Nada mas cruzar la frontera una manta blanca entre valles con chimeneas bulliciosas nos recibe mientras el termómetro baja precipitadamente.
Sra. Caracol
Berna será nuestra elegida para pasar los previos a la natividad. Y la hemos elegido precisamente por eso, por ser una de las capitales del frío y de los mercadillos navideños. La ciudad está construida de “casitas de chocolate”, algo en el ambiente recuerda el cuento de Hansel y Grëtel y en cada tejado una estela de humo compite con las duras temperaturas. Los bajo cero son lo usual en este lugar de puntualidad y orden, cada mañana las copas de los árboles parecen esculturas de hielo talladas por un Eduardo Manostijeras suizo, pero el sol nunca aparece para consolarlas, así que congeladas se quedan durante días y días, esperando los besos cálidos de la primavera.
Falta de calor, falta de sol, falta de vida… pero a pesar de ello, paisaje precioso y evocador como en las fotografías del pasado.
Visitamos el museo de la comunicación donde una exposición temporal habla de la manipulación de la información por motivos políticos, económicos, sensacionalistas… nada justificados! Así, mientras confirmamos la que ya sabíamos, descubrimos curiosos como conducían el correo suizo hace siglos, en trineos tirados por ovejas serpenteando por desfiladeros terroríficos. Más tarde nos enviamos cartas de amor escritas como antiguos escribanos o en forma de mail sorpresa y un poco más allá recordamos nostálgicos las teles y los vídeos Vhs de cuando éramos peques y nos sentábamos delante de esa caja negra que nos traía cada tarde Las Aventuras de Tom y Jerry. La nostalgia nos acompaña en este paseo, Alvarito recordando sus primeros Commodore y yo las melodías de mis dibus preferidos. De nuevo no puedo evitar pensar en que antes vivíamos en una época más tranquila, humana y comunicativa que ahora, a pesar de tanto adelanto.
Otra vez en el helor absoluto buscamos uno de los puestos de salchichas y vino templado tan visitados en este país y encargamos dos perritos calentitos para acompañar la vuelta a casa.
Así van transcurriendo nuestros días en Berna, entre frío y paseos por museos para compensarlo. La casa de Paul Klee es otra de las visitas calientes que nos esperan. Y aquí, una vez más, vuelvo a tener la sensación de que las cosas que me atraen acaban, sorprendentemente, teniendo una relación entre si: porque no es casual que a Alvaro le encante Paul Klee y que a mi también me guste, además de Modigliani, Moholy-Nagy o Rothko. Tampoco es casualidad que a Paul Klee le fascinase el teatro como a mi y dedicase una gran parte de su producción artística a las tablas, los actores, el circo… para él la vida real era un gran escenario, algo que también proclamaba nuestro Valle-Inclán… tampoco me extraña entonces que sus dramaturgos preferidos coincidan con los míos: Ibsen, Strindberg, Aristófanes… los dos primeros junto con al gran Chejov también referentes de uno de mis directores fetiche: Ingmar Bergman, genio entre los genios. Hay algo en la estética de todos ellos que los acerca, algo común en su manera de ver y plasmar la realidad, cualquiera que sea el soporte artístico o la época representada, algo que empieza a hacerme entender por qué me cuesta tanto descubrir grandes películas hoy en día, o grandes dramaturgos, y por qué a veces pienso que me hubiese gustado nacer en otro tiempo, cuando hacer cine significaba algo más que llenar asientos de bolsas de pipas y palomitas… Y eso es lo que descubro viajando, que mis héroes tienen sus propios héroes que a la vez son también mis ídolos. Así todo acaba estando muy relacionado y todo tiene sentido… Claro!
Sr. Caracol
Hoy me he subido a un escenario, pero no un escenario cualquiera, hoy he acompañado a una soprano y una mezzosoprano en su actuación ante el selecto público del Zentrum Paul Klee. En ese espacio minimal, rodeados de cientos de cuadros, pinturas, fotografías y recuerdos de uno de los más grandes pintores del siglo pasado, un piano hacía vibrar notas, mientras dos jóvenes voces se acercaban a mi, me tomaban de la mano y me subían al escenario para cortejarme. Una experiencia inolvidable, como la cara de Raquel desde el público al ver que yo les seguía el juego a las guapas suizas.
Bern me tiene encantado. Sí, lo siento! Aunque penséis que mi cabeza es un caos y soy todo desorden, en el fondo me gustan las cosas bien hechas y colocadas en su sitio. Y los suizos tienen eso y mucho más. Este país te da la bienvenida de forma peculiar. Nada más cruzar la frontera una señora te pide 30 euros por un pase anual para las autopistas, después de ponerte la pegatina te da una moneda de 5 francos, unos 3 euros y te dice “bienvenido a suiza, con esto se podrán tomar 2 cafés”. Esto es entrar por la puerta grande! Lo que daría yo por pagar 30 euros al año en España por usar la autopista! si solo con hacer “Casa de mis padres-BCN-Casa de mis padres” me soplan 28!!!
El paisaje desde la carretera es absolutamente invernal. Los árboles están blancos de la nieve y grises de la palidez por no ver el sol hace días. Llegamos al camping un poco tarde y la recepción está cerrada, pero este país nos quiere y una jovencita viene corriendo hasta nosotros y nos dice como colocarnos en el mejor sitio, nos cede un adaptador de corriente suizo y me regala un manojo de folletos informativos con cosas para hacer en su ciudad además de una guía de campings del país.
Dormimos de fábula y con la calefacción por encima de lo normal. La noche es tan fría que por la mañana vemos que todo está congelado ahí fuera. Desde el depósito de aguas grises, hasta los tubos de los fregaderos, de manera que no podemos fregar platos ni lavarnos los dientes. Todo está helado. Por suerte, los baños públicos son los más limpios que hemos visto hasta ahora, y nos sentimos casi como en casa. Somos los únicos huéspedes de la navidad.
Vamos a Bern en autobús, no queremos complicarnos con aparcar y estamos solo a 8 km. Pensamos que con los 5 francos que nos regalaron en la autopista tendríamos suficiente para el trayecto, pero no es así. El señor conductor nos explica que al llegar a la ciudad lo arreglamos. Aún me acuerdo de los 6km a Oº grados que hicimos andando hace 3 días en Italia porque no teníamos billetes y el “simpático” del chófer no nos dejó subir. Cuando llegamos a la ciudad el señor nos acompaña a la oficina central para que paguemos, pero la encargada tampoco puede aceptar euros. Hablan entre ellos en alemán y en lugar de mandarnos a un banco a cambiar o multarnos como harían en Barcelona, el chófer le dice a la chica “déjales marchar, que disfruten del país”, así que nos vamos de allí sin pagar!
Después de pasar por el banco a cambiar moneda, nos acercamos al Museo de la Comunicación. He leído que hay una exposición temporal de “Las imágenes que mienten”, y es un tema que me interesa. Raquel y yo paseamos por las salas, perfectamente ordenadas, con cara de niños pequeños alucinando con lo que nos llegan a mentir los medios y los políticos. Desde fotos de altos mandatarios totalmente retocadas hasta portadas de revista del corazón con collages fotográficos para que creas que dos famosos son amantes; reportajes de guerra que son mentira… mil cosas que ya “sabíamos”, pero es que en esta exposición están los originales, y claro, cuando ves el antes y el después, se te desorbitan los ojos. Después comprobar embustes nos paseamos por el museo y nos divertimos mandándonos mensajes telegráficos, en morse o hablando con dos latas unidas por una cuerda.
Al salir ya ha caído la tarde y es hora de volver, así que después de saborear unas salchichas en un puesto de la calle, nos volvemos al camping: paseo con Coque, lavandería, cenita y a dormir.
Europa07: Como, Montorfano, Ainaras y Mozart
La primera vez que vi a Ainara en directo me sorprendió lo intimo de su música. En un local donde apenas nos habíamos reunido treinta personas, a pesar de la calidad de la intérprete, me alegré al comprobar como en nuestro país podía encontrar una voz y un estilo que nada tenía que envidiar a otras muchas cantantes folkies-country-rockeras, o como quiera uno etiquetarlas, que desde hacia algún tiempo me habían conquistado. Además, aquel día allí también estabas tú…
Sra. Caracol
En aquel pequeño local algunos de los asistentes mostraban lo irrespetuoso que se puede llegar a ser con el artista gritando en medio de la actuación mientras la calma de Ainara intentaba sosegar semejantes fieras. Ella solita ayudada de su guitarra consiguió crear un circulo tan íntimo a su alrededor que daba la impresión de estar sola en la sala. Pero los que la queríamos seguir sabíamos que no lo estaba, que sus notas inundaban todo el espacio y nos acariciaban mientras sus labios hablaban de amores lejanos…
La casualidad forzada hace que un año y medio después volvamos a reunirnos con Ainara en Como, casi en la frontera Italo-Suiza. Y a pesar de los grados bajo cero, de la nieve, de repetir país en este viaje y de mil peros más, esperamos impacientes esta voz suya. Cuando por fin llega me vuelvo a encontrar con sus ojitos de niña traviesa dispuesta a enamorarnos de nuevo con su guitarra y con la mantita patchwork donde la trae envuelta desde Madrid. El ampli viaja en la maleta azul y el resto está en su garganta, en su cabeza, en su alma… porque desde hace un año y medio Ainara es nuestro ángel, ella sabe bien por qué… por eso y porque nos encanta su música no podíamos dejar de acompañarla. Lo mismo que Ana, que la conduce por toda Italia para traérnosla sana y salva, a pesar de los italianos… ( los tópicos al volante aquí se confirman).
Hoy en Como el concierto es doble, el entrante comienza en una tienda de discos. Ella se prepara afinando las cuerdas, sonriendo, saludando… y de pronto sus notas llegan de nuevo… y de nuevo me vuelve a pasar como la primera vez, que me parece que se nos ha marchado muy lejos a pesar de tenerla delante y que al irse, nos deja su voz como reflejo de su alma. No somos muchos pero no importa, estamos acostumbrados. Además nos regala temas nuevos aún inéditos, así que esto es un tesoro para los que no podemos con los conciertos multitudinarios.
El segundo plato llega después de una cena con espaguettis y ragú acompañada de lagrimones de la risa recordando anécdotas y aventuras del pasado. El local ahora es agradable y acoge cálido la voz de ella. Unos cuantos se recuestan en los sillones, otros se acercan tímidamente con sus sillas, nosotros la intentamos retratar a pesar de la falta de luz: Ana, Álvaro y yo dudando entre velocidades y diafragmas. En el lado izquierdo de la escena un chelo como acompañante improvisado. Así transcurre otra velada, con la música de esta artista que nos evoca carreteras, espejos y sueños pasados. Con su voz ahora clara y fina, ahora fuerte y personal como pocas. Y con nosotros, sus amigos, escuchándola de nuevo, recordando la primera vez y confirmando la suerte que hemos tenido de haberla conocido.
Sr. Caracol
No me gusta mirar atrás, pero esta vez volvemos a Italia para ver a la amiga Ainara en concierto. La esperamos 4 días en Montorfano, un pequeño pueblo cercano a Como, una ciudad encantadora al lado de un lago. Aprovechamos para descansar un poco, ahora se empieza a notar el peso del viaje, y la horrible sensación de estar volviendo puede con nosotros.
Si me quedé con una sensación de Italia de país postal, ahora se multiplica. Vale que Venecia es preciosa, que Pisa perfecta para recorrerla en bici y Florencia todo arte, pero Como caso las supera.
Coque disfruta con la nieve y su jersey nuevo mientras Raquel pasa horas haciendo manualidades en la casa caracol… las cortinas han quedado de muerte!
Los conciertos de Ainara, como siempre “psicotrónicos”, que no es lo mismo que “psicotrópicos” y si cada concierto lo recuerdas por algo, este será “aquel concierto en el que un hombre entró en la tienda de discos a pedir algo de Mozart mientras empezaba a sonar Each day a lie”.
Europa07: Venecia, restaurantes caninos
Desde niña había soñado con ir a Venecia. Algo en la idea de canales recorriendo la ciudad y góndolas de enamorados paseando por ellos me atraía enormemente… y ahora se por qué!
Sra. Caracol
Aunque nos recibe nublada y polar, el invierno apenas consigue afearla. Rojos, verdes, ocres, añiles y mil matices entre ellos enmarcan las paredes de los edificios, cada cual más bonito. Cada vez que giramos una esquina aparece otro y otro más allá todavía más romántico que el anterior, con ventanas de madera milenaria y portales regios. Además está el arte, que lo invade todo en forma de catedral, iglesia, estatua, galería, exposición, concierto, teatro, museos… la cultura se lanza en busca del visitante y miles de ofertas diversas inundan paredes de cafés, cristales de librerías o marquesinas publicitarias. Aquí se puede elegir. Pero sin duda lo que más llama mi atención es la falta de ruido… tan solo el murmullo de los cientos de personas que inundan sus calles al pasear o el ladrido de algún que otro perro que se enfada con Coke en nuestro paseo. Y es que aquí no hay coches, ni pitidos, ni humo, ni semáforos… los canales aparecen tranquilos, a veces surcados por alguna embarcación. Tan solo los principales acumulan mayor trabajo con la afluencia de turistas. Así que, por una vez, tengo que reconocer que me encanta una ciudad, me encanta su ambiente navideño, me encantan sus calles llenas de gente inaugurando el fervor consumista, me encantan los puestecillos de adornos artesanales y productos gastronómicos de la zona… un par de chorizos y de fuets se vienen con nosotros para aderezar las habichuelas que nos comeremos mañana! Y esto también me encanta!
Pero sin duda lo que más me gusta es encontrar un restaurante donde una pegatina en la puerta nos indica que los canes son bienvenidos, así que por una vez podemos comer los tres calentitos. Varios perros más acompañan a sus dueños tumbados en el suelo y los camareros les acercan agua para que la espera se haga más llevadera. Nuestro Coque se porta como un auténtico lord inglés y sus buenos modales nos sorprenden a todos! Es tan mono!
A cada paso gondoleros con jerséis a rayas ofrecen viajes en estas vetustas de madera negra, que para la ocasión se visten con cojines rojos y alfombras venecianas. Pero el precio es prohibitivo para nosotros!
A medida que cae la tarde la presencia del agua se hace más y más evidente, y una humedad de hielo empieza a subir de los canales adheriéndose a nuestros huesos con rabia. Es hora de retirarse ahora, hasta mañana que la volveremos a recorrer entera.

Coquino, el can
Creo que ya hemos empezado a volver a casa, los olores cada vez me resultan más familiares. Ahora toca Venecia, una ciudad llena de encantos, hasta para los canes. Paseamos por ella despacito, mi mamá está encantada con todo y se distrae haciendo fotos con su recién heredada cámara. No tenía yo suficiente con uno, que ahora son ambos los que se detienen cada dos por tres… yo cuando me canso empiezo a tirar de la correa hasta que oigo un: “mierda, coque, que me sale movida!” y me parto de risa por dentro.
Hace frío, mucho frío, el papastro ha calculado mal la ropa y se está helando, así que acabamos en un restaurante canino. Si, mi gran sueño; un restaurante donde me saludan al entrar unos señores con delantal blanco (soy listo y se que no es el veterinario). Mientras unos miran la carta para decidir, yo miro a otras perritas que han sacado a sus dueños a pasear, y un camarero me trae el menú. Me encanta esta ciudad.
Llegamos a la autocaravana tarde y mi cuerpo esta destrozado, así que mañana me dejarán todo el día solito mientras ellos se van a ver cuadros a un museo.
Sr. Caracol
Humedad. Talleres Fiat. Japonesa asustada con palomas. Canales con gondolas a 80 euros la hora. Cuadros de Kandinsky, Klee y De Chirico. Un árbol de Yoko Ono. El árbol en la tumba de Peggy Guggenheim enterrada junto a sus más de 20 perros. Decenas de botes de Nutella. Una nevera llena. Volver. Restaurantes caninos. Paris, Texas.
Europa07: Tolmin, Vrsno, niebla y paz
Eslovenia es un polo con sabor a árbol. Después del espejismo veraniego en Croacia hemos llegado al invierno navideño casi de golpe. Luces de estas fechas adornan las calles de Ljubjliana mientras los universitarios celebran los últimos exámenes antes de las vacaciones.
Sra. Caracol
Recorremos puestos de comida y regalos mientras nuestros dedos apenas reaccionan al cambio de temperatura. Es hora de enfundarse los gorros y guantes y respirar dentro de la bufanda!!
Cerquita está Tolmin, pequeño pueblo de veraneo, con río turquesa pintado al agua que le acompaña en toda su extensión y se pierde en las montañas, el río Soca.
Más arriba todavía hace más frío y además se esconde Vrsno, el pueblo de la niebla y los árboles misteriosos, de las iglesias de otra época, de los animales en las colinas, de la vida en paz. Amigos nuevos con vidas pacíficas y excursiones al bosque llenan nuestro tiempo ahora. Con este frío da miedo inspirar fuerte, parece que se te van a congelar los pulmones! Pero el bosque respira a pesar del hielo y la nieve. Le observamos abrumado, después soleado y también, casi blanqueado cuando al fin llega la nieve. Unas navidades blancas eran todo lo que yo quería!
El aire puro parece visible cuando se van las nubes y después de unos días ya no tememos a los grados bajo cero. Más bosques y colinas de cabañas adorables, y más fotos por la mañana con la bruma hasta perdernos en la más densa. Coque apenas siente sus patitas!
El lugar perfecto para vivir en tranquilidad es este, sin duda. Por eso nos da pena separarnos de él, decir adiós a Tania, Zoran, Tadej, Tamara, Thomas y al pequeño Liam… Esta vez sí sabemos seguro que volveremos!
Sr. Caracol
Descubrir nuevos países donde vivir. Visitar a una vieja amiga. Conocer a una nueva pareja. Visitar el nacimiento del río más bonito que uno pueda imaginar, el Soca. Grabar el sonido de las campanas en lo alto de una montaña. Fotografiar ciervos. Introducirte en decenas de cuevas que fueron búnkers en la Primera Guerra Mundial. Caminar durante horas por un bosque. Ver cementerios de antiguas batallas. Andar entre las nubes y buscar a Coque. Estar por debajo de Oº grados. Recibir regalos. Comer en un buen restaurante. Hacer de canguro. Soñar casas que reconstruir. Coger un buen tronco para hacer un Didjeridoo artesanal. Leer “Bodas de sangre” de Lorca del tirón, una noche de insomnio. Ver películas de Truffaut. Descubrir cientos de nuevos artistas folkies. Soñar con futuros documentales y cosas que contar.
Europa07: Ljubjlana, estudiantes, navidad y salchichas
Sr. Caracol
Al final, después de visitar tantos países, pueblos y ciudades, uno aprende a distinguir los tamaños y calidad de los lugares. Se puede medir por la cantidad de concesionarios de coches que hay y sus dimensiones; por las gasolineras y sus surtidores; por las señales de tráfico y los anuncios de hoteles; la cantidad de carriles que hay para entrar y el tráfico en hora punta; el tamaño de la tienda Vodafone… y Ljubljana parece grande y recuperada de las miserias de hace una década. Hace dos años, cuando pasé por aquí tenían su propia moneda, ahora están estrenando el euro y adaptándose a él como nosotros hace unos años.
Buscamos un camping, ya que en las ciudades es imposible aparcar y tampoco es seguro. Encontramos uno después de dar vueltas. Lo bueno que tiene perderse es que descubres un poco la ciudad, lo aprendí de mi padre, siempre que se pierde dice que está haciendo turismo. Nos vamos a dormir pronto, mañana tenemos cita con el señor reparador de calderas para que nos solucione uno de nuestros grandes problemas de la semana.
Hace frío, el termómetro marca diez bajo cero, o lo que es lo mismo “un frío que pela”. El edredón no es suficiente y las peleas y empujoncitos por sobrevivir son la constante de la noche. El único que está calentito es Coque que tiene dos mantas para el solito.
La búsqueda del taller para la caldera es desquiciante. En la dirección que marca la garantía, donde se supone que nos están esperando, aparece un viejo taller cerrado. No parece un lugar de autocaravanas. Es un pequeño lugar donde reparan aires acondicionados. Insisto en dar golpes en la puerta pero no aparece nadie. Al final, del bar de al lado sale una señora que me dice que pase a su localcito. Y allí, al fondo del tugurio, un señor con un mono de mecánico está bebiendo copas con sus colegas a las 12 de la mañana. Me pongo pesado, porque lo puedo ser, y mucho, cuando quiero (bueno, cuando no quiero también) y al final se digna a hablar conmigo, en italiano, claro. Me dice que está advertido de mi problema desde la central alemana, pero que vaya a otro sitio. Lo agradezco, en parte.
Al final, después de dedicar todo el día e insistir mucho, en la otra punta de la ciudad un mecánico nos desmonta entera la calefacción y nos la repara. La supuesta razón de la avería es la mala calidad del gas albanés. Dudoso, como su taller.
Raquel no está muy fina, pero la consigo convencer para ir al centro a hacer un poco de vida callejera. Desde que salimos de Tarifa no hemos dado un solo paseo nocturno por una ciudad, y aunque nos tira más lo rural, a veces un poco de cosmopolitismo apetece.
Ljubljana, a parte de ser impronunciable, es una ciudad que alberga más de 35.000 estudiantes. A Raquel le recuerda a su época de proyecto de abogado en Salamanca, y a mí no me recuerda a nada. Mi vida universitaria no estuvo acompañada de ambiente nocturno.
Parece que de golpe ha venido la Navidad. Decenas de puestecitos con adornos navideños y comida tradicional invaden el centro, iluminado de forma suficientemente creativa como para no parecer hortera. Nos perdemos por las calles, comemos productos tradicionales, y nos damos por vencidos a las diez. Nuestro conato de actividad nocturna desaparece demasiado pronto, estamos mayores.
Al llegar a casa, el calor de la pequeña estancia que hace de comedor-cocina-sala de estar-despacho-habitación… nos alegra. La caldera funciona y la noche será perfecta, una vez más.

europa07: albania y montenegro
SRA. CARACOL
Gotas de bilis me retuercen las tripas durante treinta y seis horas mientras mi razón intenta comprender los motivos. Estamos en un país escombrera, de andamios y ladrillos que intenta olvidar el pasado mientras el futuro acecha con mala cara…
Albania está a tan solo unas horas en coche de Europa pero casi nadie se acuerda de ella. Basura de saldo inunda las vías y todo el país se lanza a la calle cada mañana en busca de algo que hacer. Los mayores de cincuenta años hace tiempo que han abdicado y se conforman con alinear las fichas blancas y negras de un dominó de evasión en el poco verde que resta en la ciudad de Tirana. Un poco mas lejos, restos de ilusiones desperdigadas entre los búnquers compiten con nuevas generaciones, portadores de las únicas sonrisas del entorno, cuidadores precoces de rebaños de dos ovejas. Los infantes aún no lo saben pero esa mueca despreocupada, aquí es un tesoro. Adobe y tierra inundan cada rincón en una reconstrucción quimera que sin apenas herramientas se esfuerza por volver a la normalidad.
Mientras el ritmo fluye como cada día, un extraño vehículo atraviesa los charcos y sortea la piedras. Nadie lo ha visto antes, nadie reconoce el peculiar habitáculo, cobijo de un micromundo de confort y sueños posibles. Quizás algunos de los viandantes sonríen ante la sorpresa, otros intentan averiguar curiosos quién viaja dentro, los mas simpáticos saludan y gritan y algunos se esconden con recelo o vergüenza… pero todos, todos sin excepción, en seguida vuelven a su vagabundeo de supervivencia, no hay tiempo que perder. ¡Alguno tal vez imagine una visión de esa Europa soñada y prometida, la Europa de los “buenos”!
Ellos no saben que dentro de la burbuja, alguien se pregunta cómo es posible que nadie nos haya dicho nada; cómo es posible que tan cerca, exista un país en estas condiciones, mientras sus vecinos Bosnios y Croatas, hace poco eran portada de innumerables revistas, periódicos y comensal imprescindible de noticiarios sensacionalistas de mediodía. Alguien que no puede evitar sentirse culpable porque su cuerpo y su mente quieren salir de allí como sea, y su egoísmo confortable sabe que en unas pocas horas estará fuera de este cuadro dantesco. Alguien que sabe que esa noche, cuando ella esté refugiada en el calor de sus mantas, a salvo de cualquier peligro, al otro lado de una raya imaginaria, habrá otra chica, quizás de su misma edad, quizás un poco más delgada, quizás mucho más cansada, que se esforzará por conciliar el sueño en una barraca llena de humedad con olor a orín de gato y excremento de rata. Y entonces las mantas en la cama de la chica europea empezarán a pesar demasiado, como millares de cuerpos fulminados, como litros de lágrimas derramadas, como cientos de besos aniquilados. Todo el peso de la barbarie sobre ella esa noche, como en una película que nadie le había recomendado y que se le ha grabado en la conciencia para siempre. La suerte de nacer en uno u otro lado, la injusticia de estar en el lugar equivocado, el destino de los de suerte y de los marcados… las diferencias que hacen que una magdalena regalada por la ventana de un vehículo foráneo sea un capricho para unos y el único bocado del día para “los otros”… Y en esta noche de revueltas en la cama, será Morfeo el único que conseguirá unirlas en una ilusión de esperanza.


27 fotos de Raquel desde la autocaravana. 27 imágenes al azar. 27 horas en cruzar la Exyugoslavia.
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SR. CARACOL
No soy futbolero, pero hoy he sido del Barça, más bien dicho, del superbarça. Estamos en la frontera griega con Macedonia. Hay un error en mi carta verde internacional. Tengo que hacer una falsa traducción de la letra pequeña para que nos dejen pasar. Cien metros después cuatro tipos nos paran y nos miran las caras. Revisan mi carnet y por la expresión de sus rostros les debo parecer un turco secuestrando a una francesita en una autocaravana española con un perro con jersey rojo. Nos abren la barrera, respiramos tranquilos y cien metros más adelante unos policías macedonios nos detienen. Raquel se baja para ir hasta la ventanilla a revisar los documentos mientras a mi me registran la autocaravana enterita. Los dos agentes juegan con Coque mientras uno de ellos me dice que si soy del Madrid, le digo que no, así que me dice: “oh, del Barça, el superbarça!”. Le veo tan entusiasmado que le digo que sí, que del Barça sí. Me empieza a decir todos los jugadores del gran club y no me suena ninguno, yo me quedé en la época de Zubizarreta… El tipo me dice que le regale una camiseta de mi equipo pero le digo que no he traído, así que me pide algo de pasta para comprar unas bebidas. Se conforma con un par de euros que se esconde rápido en su chaqueta, no sea que le vean los superiores. Salimos de allí sin problemas y con 4 euros menos. A Raquel también le han pedido una propina.
La carretera cambia, estamos en un puerto de montaña, llueve, es de noche, hay baches, agujeros, trozos sin asfalto. ¡Cómo puede ser que una sola línea imaginaria en el suelo, unas cruces en un mapa, un par de barreras y unos polis futbolistas y cerveceros marquen tantas diferencias!
El viaje por Macedonia dura poco, casi menos que cruzar su frontera con Albania. No hay cola, ya es bastante tarde, pero los papeleos y los pagos de euros inventados se hacen eternos. Cuando nos vamos a ir Raquel pregunta al último agente que nos revisa si Albania es seguro y le contesta en inglés: “Claro que es seguro! ¿donde te crees que estás? Esto es Albania!” Nos alegramos de la respuesta…
Estamos cansados y la carretera ahora es peor que en el país que acabamos de dejar. En la primera ciudad que encontramos decidimos parar a dormir. Es una ciudad gris, silenciosa, oscura. Solo hay hombres en la calle. Buscamos el lugar más seguro, a las puertas del ayuntamiento. Lo reconocemos por la placa identificativa y las banderas, no por su aspecto, pues está destrozado.
La noche es horrible. Multitud de voces rodean la autocaravana a todas horas y me despierto a mirar por la ventana. Coches que se detienen a mirar la matrícula, grupos de chavales chafardeando, y yo en el interior, como un padre de familia en la guerra que me he inventado, intentando salvar a los míos. Mi imaginación crea historias, pienso como saldré de ahí, cómo aceleraré mientras ese coche de cristales tintados que acaba de pasar me persigue… consigo volver a dormir un rato. Nuestra rutina diaria nos la saltamos hoy. Ni desayuno, ni ducha, ni paseo a Coque. Salimos de allí.
La carretera es difícil, un constante puerto de montaña con subidas y bajadas del 10%, con barro en la carretera. Los camiones conducen como en ningún país de los que hemos estado. Tienen prisa. Sus patrones les obligan a tener las naranjas, lechugas y tomates a tiempo en Bruselas o Italia, así que no hay líneas en la carretera, ni señales de peligro en su manual. Tampoco ningún policía les mirará el taquímetro.
Desde ayer no hemos parado de conducir, estamos llegando a Tirana, la ciudad más importante de las que vamos a cruzar hoy. Raquel y yo no sabemos donde estamos, antes de iniciar este viaje ni nos planteábamos pasar por aquí, tampoco existen guías de viajes, ni libros sobre Albania, nadie ha comprado el dominio www.turismoenalbania.com así que todo son sorpresas, y desilusiones.
De Tirana solo tengo una referencia: ayer recibí un mail de alguien a quien dije que iba a pasar por aquí, y decía que “en Tirana hay mucha marcha” y le creí, por un momento imaginé que quizás era cierto, que íbamos a una ciudad activa, multic
ultural, una especie de Estambul. El amigo que me escribió es culto y viaja, así que no tenía por qué dudar de él. Pero estaba claro, estaba utilizando la ironía que tanto le caracteriza. Esto, la única marcha que tiene es la lenta, el ritmo de levantar un país poco a poco, el de la destrucción, el de la pobreza.
Recorremos esta ciudad entera por error, no hay ningún tipo de señal de tráfico ni nada que te indique dónde ir. Aquí no hay direcciones, no hay objetivos turísticos, no hay más que gente en la calle, gente en paro jugando a cartas en la calle.
El amigo Francesc me comentó hace un par de días que si visitaba Albania no me olvidara de la ruta de los búnkers. Mi amigo Francesc es historiador y creí que sería interesante su recomendación, pero habíamos decidido pasar de largo este país lo más rápido posible. Pero amigo Francesc “no ha calgut fer la ruta que m’has recomanat, la ruta dels búnkers és present a tot el país. Això està trist i és tan terrible com les guerres de les que tú has escrit. Búnkers per tot arreu, soldats, mirades tristes, nens al carrer sense anar a escola…”
Nos miran raro, quizás no hayan visto una autocaravana jamás porque nos saludan, incluso alguien nos hace el símbolo de la victoria con los dedos.
Raquel está agotada, física y mentalmente. Nadie había decidido montarse en el túnel del terror, en el tren de la bruja y recorrer estas horribles ventisiete horas de trayecto. Soñamos con Dubrovnik, que esperamos alcanzar mañana. Ahora ya es tarde y nos conformamos con llegar a Montenegro, el siguiente país. Tampoco sabemos cómo es.
La carretera se complica en los últimos pueblos de Albania. Creemos incluso habernos perdido pero no lo podemos saber, el GPS no funciona aquí y los mapas no tienen la mitad de carreteras ni pueblos que vemos. Nuestra velocidad desde hace rato no supera los 30km/h en un carretera recta. Hay baches, alcantarillas sin tapa, maderas, piedras, perros cruzando, señoras con troncos, señores paseando vacas, chavales con rebaños de pavos… todo lo imaginable se cruza en nuestro camino.
Hay un momento en el que le digo a Raquel: “Reza para que no pinchemos”. Un minuto después oigo un fuerte golpe en la rueda acompañado de un silbido constante. “Mierda, he reventado la rueda!!!!”. Bajo con la linterna, cagado de miedo en este camino al infierno. Sigo oyendo el silbido, así que confirmo el pinchazo, hasta que a 2 metros de mí aparece un chaval con un pito en la boca. El susto que me da no tiene palabras, me subo corriendo a la auto y salgo de allí contento por no haber pinchado, pero con un susto en el cuerpo que me costará quitarme un buen rato. Unas horas más tarde, alcanzamos la aduana.
Esta vez es un poco más complicado, tanto que cuando creemos que ya está todo resuelto, descubrimos que aun no hemos entrado en Montenegro, todas las gestiones que acabamos de superar solo eran para abandonar Albania. La carretera se acaba, parece que en 5 minutos se ha hecho totalmente de noche. Vuelve a llover. Creemos estar en la peor de las pesadillas. El asfalto está totalmente destrozado y un camino de arena y barro es la nueva carretera nacional. Dos chabolas, sí, sí, señores, dos chabolas hacen de control de aduana y los policías visten un uniforme que me recuerda al chandal del equipo de fútbol de mi pueblo hace 20 años. Un policía nos pide la documentación de muy malas maneras y se la lleva en la mano. Veo como mi seguro se moja con la lluvia, pero a él no le importa. Tarda demasiado en volver, así que bajo y me encuentro con un grupo de albaneses haciendo cola bajo el aguacero. No tienen paraguas y todos nos mojamos por igual. Allí todos parecemos hermanos, pero yo, llevo las estrellas europeas en mi matrícula y eso, tristemente, me aventaja sobre ellos, así que consigo montar de nuevo en mi frágil autocaravana y salir de allí.
Jamás, lo juro, jamás había conducido por una carretera así. Un puerto de montaña de un solo carril, camiones y trailers con remolque de 12 metros viniendo de cara a 10km/h. Debemos maniobrar y colaborar todos para caber. Cada 200 metros debo subirme a las rocas para dejar paso y veo como remolques cargados de fruta rozan mi casa marrón. Estamos llenos de barro.
Recorremos unos cuantos kilómetros así pensando en todo lo que estamos viendo, viviendo. Raquel tiene demasiado presente su estancia en Tailandia este agosto, y yo hace apenas dos meses que he vuelto de rodar en Madagascar. Pero esto, todo esto es más jodido que nada. No puedo decir otra palabra: jodido. Aquí vivían bien hace unos años y ahora todo es oscuro. Los niños no te ríen cuando les haces fotos. Aquí se esconden, se avergüenzan de cómo están. No tienen nada que ofrecerte, ni esa sonrisa que nosotros, los turistas privilegiados buscamos.
Sorprendentemente, cuando estábamos a punto de darnos por vencidos, aparece un nuevo Montenegro, un Montenegro recuperado, europeizado, con carreteras asfaltadas, rótulos con direcciones y un supermercado donde poder comprar algo.
Un pequeño pueblo costero nos acoge pacíficamente. Cierro los ojos pensando en demasiadas cosas, tantas que hoy tampoco consigo dormir. Ahora no es de miedo. Por un lado reviso todo lo que he visto estos dos últimos días, y también lo que no he visto. La mañana tarda en llegar y tengo el cuerpo destrozado.
Cuando parece que ha terminado la pesadilla, empiezan los problemas en la autocaravana. La calefacción se ha roto. Estamos a 2 grados bajo cero por la noche y nuestra casita está helada. Tampoco tenemos agua caliente, así que nos tenemos que duchar con ollas de agua templada en la cocina. A la hora de desayunar, la leche está cortada. Para colmo la auto sigue teniendo el panel de control averiado, la alarma sigue sin funcionar y el motor está inundado de agua. Señor, soy consciente de la suerte que tengo de ser de donde procedo, pero ¿no me podía haber administrado las desgracias un poquito?
Salimos de allí con un cambio de planes de urgencia, hay que volver a Italia a arreglar todos los problemas que tenemos. Tristes por todo lo que hemos visto salimos hacia el norte. Mañana más.
europa07: meteora, oliendo a piedras
CANISTRAKIS KOKODOULOS
Sí, este soy yo, el can al que antes llamaban Coque, o Coco o de mil maneras al antojo de cada uno. Estoy en Grecia, jamás lo hubiera pensado en mis años de juventud. Pero ahora que estoy recién jubilado con mis casi 12 años de edad me he puesto las pilas. Estoy encantado con este país, el principio ha sido un poco difícil, pero debo llevar ya unos 12 días y por fin ha salido el sol. Con lluvia es un poco más coñazo, me visten de perro amarillo y los demás canes me miran raro y se acercan a olerme.
Así que aquí estoy, en Meteora, haciendo mis pinitos como escalador. Esta es una tierra fantástica que me ha recordado al Montsant en el que he habitado este verano, sobretodo por las buenas vibraciones que he sentido. Ambas tierras son zonas de ermitas y ermitaños, de cuevas y leyendas, de frailes visionarios y energías positivas, pero esto es lo más grandioso que jamás hubiera imaginado. Las rocas aparecen por todas partes como si hubieran salido de la nada, como si un día un gnomo gigante hubiera plantado estos champiñones rocosos y hubieran surgido de la tierra hambrientos de cielo.
Ahora llevamos aquí unos días, estamos esperando que llegue un correo con la carta verde y otros documentos humanos que nos permitan cruzar a Albania, Croacia y estos países que no me suenan de nada. En la escuela canina no me enseñaron geografía. Si, hay escuelas de canes. Un cantautor dijo una vez: “Usted no lo va a creer pero hay escuelas de perros y les dan educación, para que no muerdan los diarios, pero el patrón, hace años, muchos años que está mordiendo al obrero…”
Estamos en un camping de escaladores al pie de las rocas, es enorme y tengo la sensación de estar en un bosque privado, lleno de olores a perrita donde perderme, a veces demasiado. La mañana es perfecta, sale el sol detrás de estos monolitos gigantescos y se filtra entre las hojas cálidas de los árboles hasta despertarnos.
Hemos andado mucho, por eso ahora estoy destrozado, no me muevo de la cuna desde ayer. A mamá y a papastro se les ocurrió levantarse pronto por la mañana e ir andando hasta la cima de las montañas para esos rollos de la luz matutina y la buena luz para filmar, pero resulta que no hemos encontrado o el camino correcto. Cuando por fin hemos dado con él ya habíamos hecho unos 8km y habían pasado casi 4 horas, así que nos hemos vuelto a la autocaravana y hemos subido hasta un monasterio, que aquí le llaman Monastiraki. ¡Son raros estos griegos!. A mi no me han dejado entrar, pero me han hecho un favor, me he quedado aquí solo, haciendo estiramientos para evitar las agujetas.
Ahora es sábado y seguramente el último día que estaremos en Meteora. He quedado para comer con una perrita francesa llamada Maya. Tiene solo un añito y es de una pareja de franceses que van en autocaravana, seguramente hasta Jordania en un año sabático. A Maya la cogieron de una perrera hace un mes, cuando ya habían empezado el viaje. A veces, al ver otros perros, pienso la suerte canina que tengo con la mamá que me ha tocado. Pero no sé si podré acostumbrarme a estar separado de ella a la vuelta, cuando se vaya a trabajar… ahora estamos juntos veinticuatro horas.
Pues nada, os dejo, que voy a intentar convencer al papastro que haga una de esas barbacoas con las que seduce a los invitados y así me reparto unos restos con Maya e intento conquistarla… vaya, que solo lo he probado una vez en mi vida!
…
Ya he vuelto de la barbacoa, me he puesto morao, pero solo de trozos de lomo. Maya es demasiado joven y tiene una energía de la que yo no me acuerdo y me ha dado una palicita. Hemos dedicado todo el día a comer y a tener relaciones caninas francogalegas. Al final, me han dejado aquí en la autocaravana encerrado unas horitas y se han ido a la otra a charlar de viajes y experiencias. Al volver olían a Maya y he sentido una excitación canina que me ha hecho intentar tener relaciones con mi cama, pero no me han dejado porque me la estaba comiendo de lo metido en el tema que me he puesto.
Ha salido la luna llena entre las montañas y es precioso, mis ojos no han visto una noche así desde hace tiempo. Me duermo poco a poco, me han dicho que mañana nos vamos de excursión…
Hoy ya es domingo y me han llevado de caminata. Creía que íbamos a hacer el típico paseo matutino, pero la cosa se ha complicado unos quince kilometros. Nos ha llevado toda la mañana recorrer la distancia desde el camping hasta el monasterio, donde me han dejado atado a un árbol para poderlo visitar. Por suerte el souvenir ha durado poco y a los 10 minutos ya estaban de vuelta, con un cabreo importante. Un monje les ha insultado y amenazado por intentar hacerle una foto. Como se entere dios, yo creo que baja del cielo…
Por el camino han estado hablando de comida todo el rato, que si iban a cocinar una cosa, que si otra… nos ha entrado un hambre grandísima a los tres. Pero una vez más ha vuelto a pasar. En el camino, una chimenea soltaba olor a carne y los planes han cambiado. A los cinco minutos estábamos en un restaurante comiendo todo tipo de exquisteces clavadas en unos palos. Pero no penséis que eran los clásicos pinchitos morunos, no, no. Eran de calidad. Bueno, de calidad no sé, porque el papastro me ha dado toda su ración por debajo de la mesa sin que le vieran los camareros y me he puesto hasta arriba.
Hemos llegado a casa y mamá ha sido absorbida por su cama. Ha dicho algo de una siesta y se ha despertado a las 3 horas aullando como un lobo. Creo que tenía agujetas, aunque parecían dolores de parto humano. No sé cuantos días llevamos ya aquí en Meteora porque he perdido la cuenta, pero en este sitio y esta soledad son el paraíso para un perro jubilado.
P.D. Abuelo, si pudieras traer unos días aquí a mi amiga Gala! Uf. como me lo pasaría con ella… conozco unos sitios para perdernos…
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SRA. CARACOL
Meteora significa suspendido en el aire, como los meteoritos….y realmente algo así es lo que sientes cuando llegas a este sitio. Porque este es un lugar extraterrestre, sobrenatural, fantasmagórico, levitante… algo flota en el ambiente, una espiritualidad devota impregna cada rincón y cada roca convirtiéndolas en orgánicas mientras montañas pelirrojas son las únicas notas de color en un entorno mas bien grisáceo.
Milagros tectónicos son los responsables de estas formas caprichosas, hoy meca de escaladores de goma. Cada mole se precipita hacia abajo unos 400 metros y presenta una superficie ahora lisa como de rodillo, ahora agujereada como de gruyere… recuerdan edificios futuristas… y en realidad, sí que han sido edificios, pues en el pasado, en cada hueco se cobijaban ascetas y monjes, que luego, con el paso de los años, fueron construyendo templos en las cumbres de estos sus particulares retiros sagrados. Y cuesta creer en la fortaleza del ser humano, ya sea por fe religiosa, ya por fe deportista… cómo con tan solo el poder del espíritu un hombrecillo es capaz de escalar estas enormes. Y sorprende también pensar que una misma acción, trepar una montaña, pueda tener tan diversas motivaciones.
Ya en la cima brota una calma sincera y desprovista de todo, quizás enturbiada por algún afán comercialista de merchandistas que ofrecen mapas y coloridos souvenirs en la puerta de los templos. Dentro museos de reliquias y capillas ortodoxas con frescos bizantinos de mil colores. Un monje olvida su bondad devota y nos riñe bruscamente al ver nuestras cámaras… ¡supongo que en este sitio robar imágenes digitales es de los peores pecados!
No hay mucho más aquí dentro, por lo menos, no que podamos ver. Así que mi mente curiosa se conforma con imaginar la dureza de este tipo de vida y por comprender los por qués de tanta renuncia. Pero un fresco en el comedor monacal me advierte: el racionalismo, la razón, es incapaz de entender la fe, y uno de los peores males para la vida espiritual. Así q
ue allá van todos mis por qués, rodando por estos despeñaderos… es cuestión de fe, no se puede racionalizar…aunque el mensaje en el fresco me sigue pareciendo algo sectario…
Eso sí, los euros que cobran por entrar y que cada día engrosan los petos monacales… ¡esos si que les parecen razonables!
Desde los patios de estos castillos la vista es suicida; se precipita sin remisión al fondo de los barrancos. Con la visita de la luz tardecina las suspendidas se tranforman es fantasmas de roca y una nebulosa hace que los rayos del sol parezcan diluidos en grises y azulados que desdibujan el paisaje. Baja la temperatura también para los de fe, así que modernos radiadores en las capillas hacen que las penurias del pasado sean ya solo historias de ayer. Nos vamos con la sensación de haber descubierto un planeta imaginario.
europa07: atenas y poseidones
Sra. Caracol
El sol nos acoge en nuestra primera mañana aquí. Atenas, blanca blanquísima, a la luz de sus rayos parece multiplicada en tamaño invadiendo toda nuestra visión. No puedo llegar más lejos con mis ojos, la recorro una y otra vez, pero como en una carrera, ella siempre llega primero, nunca se acaba! Y me pregunto qué piensan estos atenienses, qué comen, qué les preocupa… son más silenciosos que sus vecinos italianos y más educados, aunque menos simpáticos. Reparto de virtudes supongo…
Esta vez seremos turistas titulados y veremos el Partenón, el Ágora antigua y demás restos del paraíso griego. Enseguida nos abruma el tamaño de las columnas y de los templos. Unas hermosas Caríatides se escapan por fin de mi libro de historia adolescente para enseñarme toda su preciosidad. Pero lo que me hace vibrar es el Teatro de Herodes Ático, que me recuerda a Praxágora y Aristófanes y transmite una sensación ya conocida: nervios ante el estreno, versos recitados, coros y coturnos, público llenando los asientos… y de pronto toda la magia en un solo escenario, vidas de otros pensadas y sentidas como propias, risas contagiosas en la platea que devuelven un respeto por una forma de trabajo… el oficio del actor, más importante en la antigüedad que hoy en día y desde luego más valorado!
Las piedras se acaban antes de lo esperado. Un metro eficaz nos lleva ahora al puerto invadido por trailers en asamblea y ferries con ofertas para cruzar a las islas guapas y famosas. Santorini y Creta son nuestras elegidas, aunque llegar no resultará fácil… así que nos lo pensaremos…
El tiempo pasa rápido en Atenas y la noche llega con más piedras, aunque esta vez tormentosas, que golpean el techo de la autocaravana con fuerzas de demonios. Por un momento creo que Zeus está tronando ahí fuera pidiéndonos que le dejemos guarecerse con nosotros… y me acurruco debajo del calor de la cama esperando su calma… pero no llega, pasan la noche y sigue furioso, incluso de día nos impide movernos de donde estamos. Es como un secuestro divino que aceptamos resignados. Así pasan las horas. Para entretenernos una niña nómada se cuela en nuestra mañana dispuesta a torear a Coque. Es viajera del mundo, libre y sin reglas, así que no aceptará excusas… pues me dejaré entonces… mientras, nos observa sorprendida una inquilina circunstancial, que mastica granos del pienso de nuestro canino bajo la mirada resignada del can.
Ya es Domingo. Hay campanas ortodoxas reclamando a sus fieles. Atenienses engalanadas acuden a su cita religiosa semanal y un anciano nos acompasa con su guitarra mientras deambulamos por Plaka buscando el Templo del sumo Dios. Por fin lo encontramos. Está en medio de coches y carriles de autobús, tan tranquilo que parece una ilusión. Imponente muestra algunas columnas de un mármol amarillento que ascienden hacia las nubes grises de la mañana. Una se ha cansado de aguantar y se ha dejado rodar toda larga hasta tumbarse en el suelo. Sus tripas aparecen como fichas de dominó perfectamente plegadas y apoyadas unas contra otras, como en un juego de niños. Gracias que Zeus hoy está tranquilo y nos permite visitar su casa sin tronar de nuevo!
El sol regresa brincando entre esponjas de lluvia y nos persigue cantando durante todo el camino hacia Sounio. Es la costa Ateniense la que se evapora con sus notas a medida que zigzagueamos pegados al rompiente. Y de pronto, salido de la nada, en lo alto de una montaña… EL TEMPLO!!!! Pilares blancos de Poseidón dominando el océano, vigías omniscientes de mitos y leyendas. Acantilados trampolín para padres abrumados por la pena que saltan al vacío al equivocar la muerte de su hijo. Aquí están Teseo y Egeo separados para siempre por un color, un olvido, un error. El hijo tras su marcha había prometido a su padre que el blanco de la vela sería un mensaje de regreso victorioso tras matar al Minotauro mientras que el negro traería las peores noticias. El padre esperó casi hasta la locura el ansiado regreso y cuando al ver por fin en el horizonte el oscuro color izado saltó al vacío sin meditarlo, bautizando con su suicidio este azul que nos rodea. De esta absurda manera el fatal olvido de su promesa deja huérfano a Teseo.
Y esta energía extraña flota en el aire, entre evocadora e inquietante, olvidada y presente al mismo tiempo. 
Cerca está Lávrio, puerto mediano. Y un poquito mas allá, la casa de la “señora griega”, que nuestros amigos Claudia y Luciano nos llevan a conocer. Ella es ama de su casa sin discusión y se sienta con nosotros mientras nos cuenta tranquila lo que puede ofrecernos para comer. En esta carta casera hay nombres impronunciables que Claudia traduce para nosotros. Mi imaginación vuela por ingredientes de la tierra, fogones de leña y años de pucheros en las manos de esta mujer, manos de delicias.
Llegan las viandas entre palabras y sonrisas de amigos nuevos. Acercamos culturas entre bocado y bocado y sin casi darnos cuenta baja la noche. Cuando decimos adiós sabemos que no nos olvidaremos.
europa07: el peloponeso con lluvia se hace más corto
SR. CARACOL
Conducir en Marruecos es una locura porque no hay leyes y cada uno va por donde quiere; en Madagascar es peligroso porque las carreteras están fatal y los autos son viejos, pero en Grecia es una lucha constante por la supervivencia. Nos ha costado un poco entender el concepto, pero a la que te pitan tres o cuatro veces, te hacen luces en 25 ocasiones y te ves estampado en la cuneta 18 más, lo pillas. La cuestión es que el país tiene 4 autopistas, el resto son carreteras nacionales y la gran mayoría, comarcales. En las carreteras de un solo carril por cada sentido hay una ley no escrita que dice que debes ir por la cuneta para que los rápidos puedan ir por el carril normal, y los lanzados puedan adelantar saltándose la línea continua, las isletas y lo que haga falta. Lo más divertido de todo es ver dobles adelantamientos en ambos sentidos, cuando se juntan 4 coches en el espacio justo a velocidades de vértigo. Y es que en otros países donde la conducción también es temeraria, los vehículos son viejos y no alcanzan las velocidades de aquí. Raquel dice que ella no quiere ir por el arcén pisando la línea que le separa de la cuneta, que es peligroso, así que nos saludan todos los griegos con el dedo corazón levantado hacia arriba. No nos importa, estamos aquí para disfrutar del país y verlo con calma.
Ayer nos dedicamos a contar accidentes en la carretera y nos salió una media de 1 cada 200 metros. El sistema de contabilidad es fácil, aquí colocan en las cunetas donde ha perecido un familiar una pequeña capillita del tamaño de una casa de muñecas. El objeto es un poco kitsch, pero a ellos les debe consolar. Colocan una foto en el interior, flores, velas que milagrosamente casi siempre están encendidas y unos botecitos con aceite de oliva. Con curiosidad creciente busco en la guía, por si pone algo sobre el sistema de conducción griego y no me sorprendo al leer que éste es el país con más muertos en la carretera de Europa, 2000 al año, y eso que tiene una población de sólo 11 millones de habitantes.
Así que con todo esto aprendido bajamos hacia el Peloponeso, la parte sur de Grecia, donde se supone que reina la tranquilidad absoluta (fuera del asfalto, claro). Nuestra primera parada es Amfilochia, un pequeño pueblo en el curioso Golfo de Amvrakikós, que tiene una estrecha entrada de agua de mar pero parece más un lago que otra cosa. La autocaravana se detiene en un pequeño puerto con unos 10 barquitos de pesca, a tan solo un metro del agua. Podemos oír las diminutas olas romper junto a nosotros, pero el sonido de la lluvia puede más. El amanecer es espectacular, con las nubes bajas empezando a deslizarse por las montañas hasta al mar, en busca del frío. Mientras las tostadas van desapareciendo del plato y una suite para cello de Bach suena poderosa en los altavoces, las nubes acaban oscureciendo las aguas tranquilas y un barco diminuto aparece ante nosotros. Un señor mayor intenta con esfuerzo sacar su barca al mar así que no lo dudo y le ayudo calándome hasta los tobillos… pero cuando quiero congelar el momento con la cámara ya es demasiado tarde… el hombre está lejos y no obtengo el retrato que quiero. Me conformo con una de esas “fotos testimoniales” que decía mi primo Juan.
Con los pies mojados atravesamos campos y lagos hasta llegar a Patra. Es martes y 13, así que dejamos que la suerte nos acompañe y vamos a Diakoftó en busca de un tren cremallera que nos lleve a las montañas. Una vez llegamos al pueblo y vemos la tranquila playa, nos olvidamos del viejo tren y nos quedamos allí unas horas, comiendo y mas tarde jugando con Coke mientras Raquel habla con los dioses del Olympo durante hora y media. Antes de que caiga el sol volvemos hacia Patra para bajar hacia el sur y alcanzar las ruinas de Olympia, pero el camino es demasiado largo para hacerlo de una sola vez. Buscamos un camping donde dormir esta noche, hace ya más de una semana que lo hacemos improvisando y no vendría mal enchufarnos a la corriente un poco y hacer algunas gestiones autocaravaniles. Parece que vamos a tener suerte, esta parte de la costa está llena de carteles de Campings y playas para escoger! Pero durante más de una hora no paramos de entrar en recintos semiabandonados que parecen haber sido un camping en algún momento de sus vidas. Toda esta zona, es fea, por no decir horrible, decadente. Un griego que conocimos en Sevilla la semana que partimos nos advirtió que Grecia en invierno da miedo, y tenía razón.
Saltándonos parte del guión, porque la lluvia no nos deja hacer casi nada, aparecemos en la antigua ciudad de Olympia. En el parking de las ruinas, pasamos 4 horas viendo como la lluvia golpea cada vez más fuerte y tomando decisiones. Con el mapa de Europa completamente abierto ante cualquier posibilidad de cambio, decidimos simplemente acortar el Peloponeso y salir hacia Atenas. Cada día llueve más, todo está gris, triste. Y apenados soltamos aquello de “no es lo que creía”. Cuando por fin la lluvia nos permite salir, entramos en las ruinas olímpicas y nos llevamos una pequeña decepción. Puede que el clima nos haga verlo todo incoloro e insípido pero nada en esta montaña de piedras nos transmite la más mínima sensación de olimpismo. Tomamos una vieja carretera que nos lleva a Nauplio, uno de los pueblos más bonitos de Grecia. El camino se hace largo porque el firme está hundido parte del camino y solo hay un carril del ancho justo de nuestro vehículo. La conducción se hace cada vez más pesada con la lluvia y el asfalto mojado. No queremos sustos, así que paramos en un pequeño pueblo a cenar. En la gasolinera nos dirigen a dos pequeñas tabernas, pero en el camino aparece un olor soñado durante más de un mes por mi olfato carnívoro. Aquí, bajo la simple luz de una bombilla, un viejo tiene montañas de carne a la brasa de un olor que supera al de las tremendas y riquísimas barbacoas que mi padre me regala cuando vuelvo a casa. Estamos de suerte, y regresamos a la autocaravana con el mismo dinero con el que salimos y los estómagos llenos, llenísimos.
Nuestros anfitriones nos advierten que la carretera es peligrosa por la noche, así que paramos en el siguiente pueblo. La noche es dura y el estómago se queja, demasiada carne de repente, ahora que la dieta se había aligerado un poco. La digestión se hace pesada y la sed me hace levantarme más de una vez. La lluvia empieza a caer de nuevo y Raquel cree que se nos va a agujerear el techo, pero estamos de suerte y la mañana aparece soleada. 
Por la mañana llegamos a Nauplio, nuestro último destino antes de Atenas. Allí paseamos casi en solitario por este pueblo bastante turístico, pero que conserva su carácter y su historia. Antaño fue una gran potencia comercial y militar. Fallamos en la elección del restaurante, y es que el festín que nos dimos anoche puso el listón muy alto.
Antes de salir, compramos un par de botes de mermelada en una tienda donde me hubiera quedado un par de meses destapando tarros y metiendo cucharazos.
Atenas es una ciudad difícil y Raquel tiene el privilegio de conducir hasta el camping, que por suerte, encontramos de casualidad cuando el tráfico empieza a ser caótico. 
El lugar es absolutamente tranquilo, a 7 km del centro y bien comunicado, se llama simplemente “Caming Athens”. Tan solo otros viajeros franceses están aquí, y nos entra morriña al ver que viajan en una pequeña furgo como la que teníamos antes. Miramos a nuestro alrededor y pasamos un rato enumerando la cantidad de cosas que no podríamos hacer en la pequeña …finalmente lo acabamos celebrando con unas crepes fantásticas que el chef prepara cargaditas de las mermeladas de fresa e higos de Nauplio. Quizás ya lo he dicho alguna otra vez, en algún diario de viaje antiguo: “estas son las mejores crepes que jamás haya hecho”.
Con el estómago endulzado hasta los topes, nos vamos a la cama repasando entre lecturas lo que visitaremos mañana, el clásico Acrópolis, con su Partenón como
protagonista.
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SRA. CARACOL
El Peloponeso no ha sido especial en absoluto. La lluvia nos ha asediado durante varios días seguidos agriándonos sensaciones y perspectivas… con pena la gran Olimpia desilusiona reflejada en el aguacero… supongo que Pompeya resulta una referencia demasiado perfecta como para competir, incluso tratándose de una campeona olímpica… aún así algunas de sus negras piedras traen ecos de vítores en el gran estadio o en la palestra… Pero aquí hay un grito mucho mas alto que retumba en nuestros oídos y este ya no es de victoria sino de derrota: es el grito del bosque quemado, el grito de la madera aún viva que ve como se acerca su inexorable final, el grito de los animales desahuciados y de la vida abrasada. Ahora el negro de la muerte domina estos montes milenarios, el olor a muerte injusta apesta el lugar y nos entristece. Y para colmo, la ironía trae un diluvio hoy, cuando ya es demasiado tarde!
Nos rendimos arrugados y reumáticos y escapamos buscando rayos divinos que nos templen el carácter y estiren nuestro nervios. El Mac-meteorológico asegura que aparecerán en Atenas…pues allá vamos!
Ah, no! pero el pueblo Peloponeso no quiere que nos alejemos con este mal regusto, así que OTRA VEZ! encontramos anfitriones surgidos de la nada. Hoy nuestro conciliador con el mundo se llama Angelo, está en medio de nuestra carretera de camino a Atenas y nos regala una cena de amigos de toda la vida. Son cuatro ortodoxos que destierran la carne de sus dietas hasta el 27 de Diciembre con una barbacoa cobijada bajo un tejadillo, en la calle. El carnicero del pueblo y cómplice de Angelo desaloja sus arcones de vacas, cerdos y corderos en esta ceremonia de despedida. En el Peloponeso también la religión ordena menús… Angelo cocina despacio, en silencio, y las brasas nos cuentan de su cara arada por el tiempo. Estamos hipnotizados en este mismo momento! De improviso su brazo se alarga y sus ojos buscan los míos en un gesto de confianza. Me sorprendo, dudo, acepto el ofrecimiento un poco temerosa… pero con el primer bocado y el agrio del aderezo de limón flotando en mi boca me transformo en carnívora leona. Son nuevos amigos que posan con nosotros para el ojo del Sr. Caracol y escriben su dirección para que les enviemos el instante en papel fotográfico. Claro! Aquí no hablan de mails… un precio demasiado barato para agradecer tanta hospitalidad! Mas que justo!
No nos entendemos apenas, pero el murmullo de estómago satisfecho es universal y bajo la lluvia consigue acercar “conversaciones”. Uno de nuestros personajes habla un inglés casi casi inteligible. Recuerdos de una mujer bonita de negros cabellos que alguna vez le talló una muesca en el lado izquierdo del pecho balbucean en su boca de sabor a vino. A veces su aorta la recuerda vagamente cuando el calor del néctar se evapora, pero un vaso más le deja regresar al olvido…y así, traguito a traguito el va engañando a su razón.
Sus compinches ya conocen estas y otras historias. A los nuevos en la pandilla nos toca coger el testigo esta noche e intuirle en sus divagaciones hasta que nuestros estómagos dicen basta. Es hora de seguir adelante y repartir adioses y buenos deseos… Somos felices y en nuestras mentes flota una firme promesa: un retrato con todas las sonrisas de esta noche volverá pronto a este pueblo escondido.
Saneadas energías se acomodan en los recovecos de nuestro caracol y nos llevan a Nauplia, veneciana y templada, con playa de mar turquesa y siesta a las cuatro en las rocas de su bahía, bajo un anciano castillo. El mar Mirtoico se acerca a conocer mis manos con caracter templado pese a lo avanzado del Otoño. Después Atenas. Y enseguida, mil coches y destellos de camiones agresivos en una ciudad que se extiende hasta el infinito. Cobardes en este combate nos retiramos a un camping de las afueras. Mejor idea coger un autobús mañana…por la mañana…










































































