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Hemos ganado el concurso En Construcción de TVE

Esta semana nos ha llegado una buena noticia desde TVE. Hemos ganado el concurso del programa En Construcción de la 2.

Sr. Caracol

La pieza ganadora ha sido “Grècia és meravellòs, veritat?” un experimento audiovisual que hicimos Raquel y yo en Grecia durante nuestro viaje en 2007. Allí, recibimos un mail de nuestro amigo Pepo que acababa preguntando si Grecia era maravilloso, y pensé que no era tanto como nos lo venden en las guías y las revistas de viajes. Decidimos darle una respuesta en formato audiovisual, así que improvisamos en este hotel abandonado en la costa del Cabo Sounio.

Grabamos por la mañana, montamos al mediodía, locutamos por la tarde e hicimos la pospo por la noche. Todo en una jornada. La música es de nuestra amiga Ainara leGardon y los textos son fragmentos de lo que Raquel había ido escribiendo en el blog www.miradasdecaracol.com durante ese viaje…

Ahora el corto se va a proyectar en el Teatro Arriaga de Bilbao el día 25 a las 22:30 en el marco del Zinebi y también en el Centro Cultural de Villamonte (Getxo) el día 23 a las 19:30.

Experimental*Grècia és meravellòs, veritat? from alvarodzero on Vimeo.

Hace un año…

Hoy la morriña puede conmigo. Me encanta viajar con la mente y hacer balances del pasado, disfrutar del presente y proyectar el futuro.

Sr. Caracol

Ahora, hace un año, Raquel, Coque y yo estábamos inmersos en un viaje de sueños, en un proyecto personal que nos cambió para siempre y a mí, personalmente, me hizo romper con un ritmo frenético de trabajo al cual no quiero volver en la vida.
Esta imagen que os dejo aquí es una de las que jamás olvidaré, no por la fotografía en sí, más bien por lo que suponía despertar cada mañana en Vrsno, aquella aldea eslovena que nos acogió durante cinco días como huéspedes de lujo y nos regaló los despertares más bonitos que uno pueda imaginar.

Europa07: Alsacia, blanca navidad

Volver. Una desazón gris se me ha adherido a la piel como una compañera incordiona. Me persigue desde hace algunos días y no se separa de mi. Me llena de melancolía y hace que todo el viaje parezca un sueño.

Sra. Caracol

La realidad empieza a materializarse en palabras que empiezan a sonar en nuestros desayunos caraveneros: “regreso”, “trabajo”, “final”, “se acaba”… y no puedo evitar hacerme la remolona y resistirme… como cuando los domingos ronroneas en la cama y te escondes bajo las sábanas estirando esa placentera sensación de semiinconsciencia hasta que tu Pepito Grillo te jalea que debes levantarte. “Solo unos minutos más… por favor, se está tan bien….” Así que lucho contra las horas que pasan, contra los días que se acaban, contra la idea de que estas aventuras ya no volverán, que se instalarán en mi memoria como un recuerdo más, lleno de colores y olores, de risas y encuentros, de sueños y recuerdos.
Pero en el fondo estoy contenta, porque allí, en mi imaginario, estas vivencias serán siempre colores vívidos, olores sabrosos, risas felices y encuentros especiales, incluso más que los que en realidad vivimos. Así ocurre siempre, cuando pasa el tiempo, lo bueno lo evocamos mejor de lo que era, y lo malo, menos mal, acabamos olvidándolo.
Pero lo mejor de todo es haber podido aprender, un poquito, que los caminos se hacen caminando, no imaginando, que la vida nos la podemos diseñar nosotros mismos con un poquito de ganas, que los sueños se pueden cumplir aunque “parezcan de locos” y que no hay reglas escritas parea ser feliz. Que lo bueno del viaje no es la meta, son los frutos que recoges viajando. Que las metas son modificables. Que se puede vivir sin un plan e improvisar destinos. Que somos muuuyyyy afortunados por haber podido descubrir todo esto. Que el tiempo es una medida relativa, sobre todo el tiempo de los sueños, donde todo tiene otra dimensión, donde las cosas a veces pasan muuuy despacio y otras se aceleran sin marcha atrás. Como en una película a cámara rápida. Pero nuestro tiempo, ese que hacemos nuestro mientras lo vivimos, ese es el que marca la diferencia, el antes y el después de los viajes que emprendemos en la vida, de las decisiones que tomamos, de los riesgos que corremos, de las cosas que dejamos o empezamos. Un tiempo de viaje para vivir una vida. Una vida en el tiempo para recordar cuando volvamos.



Europa07: Bern, Klee, escenarios y puntualidad

Ya estamos en Suiza, país de las postales navideñas. Nada mas cruzar la frontera una manta blanca entre valles con chimeneas bulliciosas nos recibe mientras el termómetro baja precipitadamente.

Sra. Caracol

Berna será nuestra elegida para pasar los previos a la natividad. Y la hemos elegido precisamente por eso, por ser una de las capitales del frío y de los mercadillos navideños. La ciudad está construida de “casitas de chocolate”, algo en el ambiente recuerda el cuento de Hansel y Grëtel y en cada tejado una estela de humo compite con las duras temperaturas. Los bajo cero son lo usual en este lugar de puntualidad y orden, cada mañana las copas de los árboles parecen esculturas de hielo talladas por un Eduardo Manostijeras suizo, pero el sol nunca aparece para consolarlas, así que congeladas se quedan durante días y días, esperando los besos cálidos de la primavera.
Falta de calor, falta de sol, falta de vida… pero a pesar de ello, paisaje precioso y evocador como en las fotografías del pasado.
Visitamos el museo de la comunicación donde una exposición temporal habla de la manipulación de la información por motivos políticos, económicos, sensacionalistas… nada justificados! Así, mientras confirmamos la que ya sabíamos, descubrimos curiosos como conducían el correo suizo hace siglos, en trineos tirados por ovejas serpenteando por desfiladeros terroríficos. Más tarde nos enviamos cartas de amor escritas como antiguos escribanos o en forma de mail sorpresa y un poco más allá recordamos nostálgicos las teles y los vídeos Vhs de cuando éramos peques y nos sentábamos delante de esa caja negra que nos traía cada tarde Las Aventuras de Tom y Jerry. La nostalgia nos acompaña en este paseo, Alvarito recordando sus primeros Commodore y yo las melodías de mis dibus preferidos. De nuevo no puedo evitar pensar en que antes vivíamos en una época más tranquila, humana y comunicativa que ahora, a pesar de tanto adelanto.
Otra vez en el helor absoluto buscamos uno de los puestos de salchichas y vino templado tan visitados en este país y encargamos dos perritos calentitos para acompañar la vuelta a casa.
Así van transcurriendo nuestros días en Berna, entre frío y paseos por museos para compensarlo. La casa de Paul Klee es otra de las visitas calientes que nos esperan. Y aquí, una vez más, vuelvo a tener la sensación de que las cosas que me atraen acaban, sorprendentemente, teniendo una relación entre si: porque no es casual que a Alvaro le encante Paul Klee y que a mi también me guste, además de Modigliani, Moholy-Nagy o Rothko. Tampoco es casualidad que a Paul Klee le fascinase el teatro como a mi y dedicase una gran parte de su producción artística a las tablas, los actores, el circo… para él la vida real era un gran escenario, algo que también proclamaba nuestro Valle-Inclán… tampoco me extraña entonces que sus dramaturgos preferidos coincidan con los míos: Ibsen, Strindberg, Aristófanes… los dos primeros junto con al gran Chejov también referentes de uno de mis directores fetiche: Ingmar Bergman, genio entre los genios. Hay algo en la estética de todos ellos que los acerca, algo común en su manera de ver y plasmar la realidad, cualquiera que sea el soporte artístico o la época representada, algo que empieza a hacerme entender por qué me cuesta tanto descubrir grandes películas hoy en día, o grandes dramaturgos, y por qué a veces pienso que me hubiese gustado nacer en otro tiempo, cuando hacer cine significaba algo más que llenar asientos de bolsas de pipas y palomitas… Y eso es lo que descubro viajando, que mis héroes tienen sus propios héroes que a la vez son también mis ídolos. Así todo acaba estando muy relacionado y todo tiene sentido… Claro!

Sr. Caracol

Hoy me he subido a un escenario, pero no un escenario cualquiera, hoy he acompañado a una soprano y una mezzosoprano en su actuación ante el selecto público del Zentrum Paul Klee. En ese espacio minimal, rodeados de cientos de cuadros, pinturas, fotografías y recuerdos de uno de los más grandes pintores del siglo pasado, un piano hacía vibrar notas, mientras dos jóvenes voces se acercaban a mi, me tomaban de la mano y me subían al escenario para cortejarme. Una experiencia inolvidable, como la cara de Raquel desde el público al ver que yo les seguía el juego a las guapas suizas.
Bern me tiene encantado. Sí, lo siento! Aunque penséis que mi cabeza es un caos y soy todo desorden, en el fondo me gustan las cosas bien hechas y colocadas en su sitio. Y los suizos tienen eso y mucho más. Este país te da la bienvenida de forma peculiar. Nada más cruzar la frontera una señora te pide 30 euros por un pase anual para las autopistas, después de ponerte la pegatina te da una moneda de 5 francos, unos 3 euros y te dice “bienvenido a suiza, con esto se podrán tomar 2 cafés”. Esto es entrar por la puerta grande! Lo que daría yo por pagar 30 euros al año en España por usar la autopista! si solo con hacer “Casa de mis padres-BCN-Casa de mis padres” me soplan 28!!!
El paisaje desde la carretera es absolutamente invernal. Los árboles están blancos de la nieve y grises de la palidez por no ver el sol hace días. Llegamos al camping un poco tarde y la recepción está cerrada, pero este país nos quiere y una jovencita viene corriendo hasta nosotros y nos dice como colocarnos en el mejor sitio, nos cede un adaptador de corriente suizo y me regala un manojo de folletos informativos con cosas para hacer en su ciudad  además de una guía de campings del país.
Dormimos de fábula y con la calefacción por encima de lo normal. La noche es tan fría que por la mañana vemos que todo está congelado ahí fuera. Desde el depósito de aguas grises, hasta los tubos de los fregaderos, de manera que no podemos fregar platos ni lavarnos los dientes. Todo está helado. Por suerte, los baños públicos son los más limpios que hemos visto hasta ahora, y nos sentimos casi como en casa. Somos los únicos huéspedes de la navidad.
Vamos a Bern en autobús, no queremos complicarnos con aparcar y estamos solo a 8 km. Pensamos que con los 5 francos que nos regalaron en la autopista tendríamos suficiente para el trayecto, pero no es así. El señor conductor nos explica que al llegar a la ciudad lo arreglamos. Aún me acuerdo de los 6km a Oº grados que hicimos andando hace 3 días en Italia porque no teníamos billetes y el “simpático” del chófer no nos dejó subir. Cuando llegamos a la ciudad el señor nos acompaña a la oficina central para que paguemos, pero la encargada tampoco puede aceptar euros. Hablan entre ellos en alemán y en lugar de mandarnos a un banco a cambiar o multarnos como harían en Barcelona, el chófer le dice a la chica “déjales marchar, que disfruten del país”, así que nos vamos de allí sin pagar!
Después de pasar por el banco a cambiar moneda, nos acercamos al Museo de la Comunicación. He leído que hay una exposición temporal de “Las imágenes que mienten”, y es un tema que me interesa. Raquel y yo paseamos por las salas, perfectamente ordenadas, con cara de niños pequeños alucinando con lo que nos llegan a mentir los medios y los políticos. Desde fotos de altos mandatarios totalmente retocadas hasta portadas de revista del corazón con collages fotográficos para que creas que dos famosos son amantes; reportajes de guerra que son mentira… mil cosas que ya “sabíamos”, pero es que en esta exposición están los originales, y claro, cuando ves el antes y el después, se te desorbitan los ojos. Después comprobar embustes nos paseamos por el museo y nos divertimos mandándonos mensajes telegráficos, en morse o hablando con dos latas unidas por una cuerda.
Al salir ya ha caído la tarde y es hora de volver, así que después de saborear unas salchichas en un puesto de la calle, nos volvemos al camping: paseo con Coque, lavandería, cenita y a dormir.











Europa07: Como, Montorfano, Ainaras y Mozart

La primera vez que vi a Ainara en directo me sorprendió lo intimo de su música. En un local donde apenas nos habíamos reunido treinta personas, a pesar de la calidad de la intérprete, me alegré al comprobar como en nuestro país podía encontrar una voz y un estilo que nada tenía que envidiar a otras muchas cantantes folkies-country-rockeras, o como quiera uno etiquetarlas, que desde hacia algún tiempo me habían conquistado. Además, aquel día allí también estabas tú…

Sra. Caracol

En aquel pequeño local algunos de los asistentes mostraban lo irrespetuoso que se puede llegar a ser con el artista gritando en medio de la actuación mientras la calma de Ainara intentaba sosegar semejantes fieras. Ella solita ayudada de su guitarra consiguió crear un circulo tan íntimo a su alrededor que daba la impresión de estar sola en la sala. Pero los que la queríamos seguir sabíamos que no lo estaba, que sus notas inundaban todo el espacio y nos acariciaban mientras sus labios hablaban de amores lejanos…
La casualidad forzada hace que un año y medio después volvamos a reunirnos con Ainara en Como, casi en la frontera Italo-Suiza. Y a pesar de los grados bajo cero, de la nieve, de repetir país en este viaje y de mil peros más, esperamos impacientes esta voz suya. Cuando por fin llega me vuelvo a encontrar con sus ojitos de niña traviesa dispuesta a enamorarnos de nuevo con su guitarra y con la mantita patchwork donde la trae envuelta desde Madrid. El ampli viaja en la maleta azul y el resto está en su garganta, en su cabeza, en su alma… porque desde hace un año y medio Ainara es nuestro ángel, ella sabe bien por qué… por eso y porque nos encanta su música no podíamos dejar de acompañarla. Lo mismo que Ana, que la conduce por toda Italia para traérnosla sana y salva, a pesar de los italianos… ( los tópicos al volante aquí se confirman).
Hoy en Como el concierto es doble, el entrante comienza en una tienda de discos. Ella se prepara afinando las cuerdas, sonriendo, saludando… y de pronto sus notas llegan de nuevo… y de nuevo me vuelve a pasar como la primera vez, que me parece que se nos ha marchado muy lejos a pesar de tenerla delante y que al irse, nos deja su voz como reflejo de su alma. No somos muchos pero no importa, estamos acostumbrados. Además nos regala temas nuevos aún inéditos, así que esto es un tesoro para los que no podemos con los conciertos multitudinarios.
El segundo plato llega después de una cena con espaguettis y ragú acompañada de lagrimones de la risa recordando anécdotas y aventuras del pasado. El local ahora es agradable y acoge cálido la voz de ella. Unos cuantos se recuestan en los sillones, otros se acercan tímidamente con sus sillas, nosotros la intentamos retratar a pesar de la falta de luz: Ana, Álvaro y yo dudando entre velocidades y diafragmas. En el lado izquierdo de la escena un chelo como acompañante improvisado. Así transcurre otra velada, con la música de esta artista que nos evoca carreteras, espejos y sueños pasados. Con su voz ahora clara y fina, ahora fuerte y personal como pocas. Y con nosotros, sus amigos, escuchándola de nuevo, recordando la primera vez y confirmando la suerte que hemos tenido de haberla conocido.

Sr. Caracol

No me gusta mirar atrás, pero esta vez volvemos a Italia para ver a la amiga Ainara en concierto. La esperamos 4 días en Montorfano, un pequeño pueblo cercano a Como, una ciudad encantadora al lado de un lago. Aprovechamos para descansar un poco, ahora se empieza a notar el peso del viaje, y la horrible sensación de estar volviendo puede con nosotros.
Si me quedé con una sensación de Italia de país postal, ahora se multiplica. Vale que Venecia es preciosa, que Pisa perfecta para recorrerla en bici y Florencia todo arte, pero Como caso las supera.
Coque disfruta con la nieve y su jersey nuevo mientras Raquel pasa horas haciendo manualidades en la casa caracol… las cortinas han quedado de muerte!
Los conciertos de Ainara, como siempre “psicotrónicos”, que no es lo mismo que “psicotrópicos” y si cada concierto lo recuerdas por algo, este será “aquel concierto en el que un hombre entró en la tienda de discos a pedir algo de Mozart mientras empezaba a sonar Each day a lie”.






Europa07: Venecia, restaurantes caninos

Desde niña había soñado con ir a Venecia. Algo en la idea de canales recorriendo la ciudad y góndolas de enamorados paseando por ellos me atraía enormemente… y ahora se por qué!

Sra. Caracol

Aunque nos recibe nublada y polar, el invierno apenas consigue afearla. Rojos, verdes, ocres, añiles y mil matices entre ellos enmarcan las paredes de los edificios, cada cual más bonito. Cada vez que giramos una esquina aparece otro y otro más allá todavía más romántico que el anterior, con ventanas de madera milenaria y portales regios. Además está el arte, que lo invade todo en forma de catedral, iglesia, estatua, galería, exposición, concierto, teatro, museos… la cultura se lanza en busca del visitante y miles de ofertas diversas inundan paredes de cafés, cristales de librerías o marquesinas publicitarias. Aquí se puede elegir. Pero sin duda lo que más llama mi atención es la falta de ruido… tan solo el murmullo de los cientos de personas que inundan sus calles al pasear o el ladrido de algún que otro perro que se enfada con Coke en nuestro paseo. Y es que aquí no hay coches, ni pitidos, ni humo, ni semáforos… los canales aparecen tranquilos, a veces surcados por alguna embarcación. Tan solo los principales acumulan mayor trabajo con la afluencia de turistas. Así que, por una vez, tengo que reconocer que me encanta una ciudad, me encanta su ambiente navideño, me encantan sus calles llenas de gente inaugurando el fervor consumista, me encantan los puestecillos de adornos artesanales y productos gastronómicos de la zona… un par de chorizos y de fuets se vienen con nosotros para aderezar las habichuelas que nos comeremos mañana! Y esto también me encanta!
Pero sin duda lo que más me gusta es encontrar un restaurante donde una pegatina en la puerta nos indica que los canes son bienvenidos, así que por una vez podemos comer los tres calentitos. Varios perros más acompañan a sus dueños tumbados en el suelo y los camareros les acercan agua para que la espera se haga más llevadera. Nuestro Coque se porta como un auténtico lord inglés y sus buenos modales nos sorprenden a todos! Es tan mono!
A cada paso gondoleros con jerséis a rayas ofrecen viajes en estas vetustas de madera negra, que para la ocasión se visten con cojines rojos y alfombras venecianas. Pero el precio es prohibitivo para nosotros!
A medida que cae la tarde la presencia del agua se hace más y más evidente, y una humedad de hielo empieza a subir de los canales adheriéndose a nuestros huesos con rabia. Es hora de retirarse ahora, hasta mañana que la volveremos a recorrer entera.



Coquino, el can

Creo que ya hemos empezado a volver a casa, los olores cada vez me resultan más familiares. Ahora toca Venecia, una ciudad llena de encantos, hasta para los canes. Paseamos por ella despacito, mi mamá está encantada con todo y se distrae haciendo fotos con su recién heredada cámara. No tenía yo suficiente con uno, que ahora son ambos los que se detienen cada dos por tres… yo cuando me canso empiezo a tirar de la correa hasta que oigo un: “mierda, coque, que me sale movida!” y me parto de risa por dentro.
Hace frío, mucho frío, el papastro ha calculado mal la ropa y se está helando, así que acabamos en un restaurante canino. Si, mi gran sueño; un restaurante donde me saludan al entrar unos señores con delantal blanco (soy listo y se que no es el veterinario). Mientras unos miran la carta para decidir, yo miro a otras perritas que han sacado a sus dueños a pasear, y un camarero me trae el menú. Me encanta esta ciudad.
Llegamos a la autocaravana tarde y mi cuerpo esta destrozado, así que mañana me dejarán todo el día solito mientras ellos se van a ver cuadros a un museo.

Sr. Caracol

Humedad. Talleres Fiat. Japonesa asustada con palomas. Canales con gondolas a 80 euros la hora. Cuadros de Kandinsky, Klee y De Chirico. Un árbol de Yoko Ono. El árbol en la tumba de Peggy Guggenheim enterrada junto a sus más de 20 perros. Decenas de botes de Nutella. Una nevera llena. Volver. Restaurantes caninos. Paris, Texas.





Europa07: Tolmin, Vrsno, niebla y paz

Eslovenia es un polo con sabor a árbol. Después del espejismo veraniego en Croacia hemos llegado al invierno navideño casi de golpe. Luces de estas fechas adornan las calles de Ljubjliana mientras los universitarios celebran los últimos exámenes antes de las vacaciones.

Sra. Caracol

Recorremos puestos de comida y regalos mientras nuestros dedos apenas reaccionan al cambio de temperatura. Es hora de enfundarse los gorros y guantes y respirar dentro de la bufanda!!
Cerquita está Tolmin, pequeño pueblo de veraneo, con río turquesa pintado al agua que le acompaña en toda su extensión y se pierde en las montañas, el río Soca.
Más arriba todavía hace más frío y además se esconde Vrsno, el pueblo de la niebla y los árboles misteriosos, de las iglesias de otra época, de los animales en las colinas, de la vida en paz. Amigos nuevos con vidas pacíficas y excursiones al bosque llenan nuestro tiempo ahora. Con este frío da miedo inspirar fuerte, parece que se te van a congelar los pulmones! Pero el bosque respira a pesar del hielo y la nieve. Le observamos abrumado, después soleado y también, casi blanqueado cuando al fin llega la nieve. Unas navidades blancas eran todo lo que yo quería!
El aire puro parece visible cuando se van las nubes y después de unos días ya no tememos a los grados bajo cero. Más bosques y colinas de cabañas adorables, y más fotos por la mañana con la bruma hasta perdernos en la más densa. Coque apenas siente sus patitas!
El lugar perfecto para vivir en tranquilidad es este, sin duda. Por eso nos da pena separarnos de él, decir adiós a Tania, Zoran, Tadej, Tamara, Thomas y al pequeño Liam… Esta vez sí sabemos seguro que volveremos!

Sr. Caracol

Descubrir nuevos países donde vivir. Visitar a una vieja amiga. Conocer a una nueva pareja. Visitar el nacimiento del río más bonito que uno pueda imaginar, el Soca. Grabar el sonido de las campanas en lo alto de una montaña. Fotografiar ciervos. Introducirte en decenas de cuevas que fueron búnkers en la Primera Guerra Mundial. Caminar durante horas por un bosque. Ver cementerios de antiguas batallas. Andar entre las nubes y buscar a Coque. Estar por debajo de Oº grados. Recibir regalos. Comer en un buen restaurante. Hacer de canguro. Soñar casas que reconstruir. Coger un buen tronco para hacer un Didjeridoo artesanal. Leer “Bodas de sangre” de Lorca del tirón, una noche de insomnio. Ver películas de Truffaut. Descubrir cientos de nuevos artistas folkies. Soñar con futuros documentales y cosas que contar.














Europa07: Ljubjlana, estudiantes, navidad y salchichas

Sr. Caracol

Al final, después de visitar tantos países, pueblos y ciudades, uno aprende a distinguir los tamaños y calidad de los lugares. Se puede medir por la cantidad de concesionarios de coches que hay y sus dimensiones; por las gasolineras y sus surtidores; por las señales de tráfico y los anuncios de hoteles; la cantidad de carriles que hay para entrar y el tráfico en hora punta; el tamaño de la tienda Vodafone… y Ljubljana parece grande y recuperada de las miserias de hace una década. Hace dos años, cuando pasé por aquí tenían su propia moneda, ahora están estrenando el euro y adaptándose a él como nosotros hace unos años.
Buscamos un camping, ya que en las ciudades es imposible aparcar y tampoco es seguro. Encontramos uno después de dar vueltas. Lo bueno que tiene perderse es que descubres un poco la ciudad, lo aprendí de mi padre, siempre que se pierde dice que está haciendo turismo. Nos vamos a dormir pronto, mañana tenemos cita con el señor reparador de calderas para que nos solucione uno de nuestros grandes problemas de la semana.
Hace frío, el termómetro marca diez bajo cero, o lo que es lo mismo “un frío que pela”. El edredón no es suficiente y las peleas y empujoncitos por sobrevivir son la constante de la noche. El único que está calentito es Coque que tiene dos mantas para el solito.
La búsqueda del taller para la caldera es desquiciante. En la dirección que marca la garantía, donde se supone que nos están esperando, aparece un viejo taller cerrado. No parece un lugar de autocaravanas. Es un pequeño lugar donde reparan aires acondicionados. Insisto en dar golpes en la puerta pero no aparece nadie. Al final, del bar de al lado sale una señora que me dice que pase a su localcito. Y allí, al fondo del tugurio, un señor con un mono de mecánico está bebiendo copas con sus colegas a las 12 de la mañana. Me pongo pesado, porque lo puedo ser, y mucho, cuando quiero (bueno, cuando no quiero también) y al final se digna a hablar conmigo, en italiano, claro. Me dice que está advertido de mi problema desde la central alemana, pero que vaya a otro sitio. Lo agradezco, en parte.
Al final, después de dedicar todo el día e insistir mucho, en la otra punta de la ciudad un mecánico nos desmonta entera la calefacción y nos la repara. La supuesta razón de la avería es la mala calidad del gas albanés. Dudoso, como su taller.
Raquel no está muy fina, pero la consigo convencer para ir al centro a hacer un poco de vida callejera. Desde que salimos de Tarifa no hemos dado un solo paseo nocturno por una ciudad, y aunque nos tira más lo rural, a veces un poco de cosmopolitismo apetece.
Ljubljana, a parte de ser impronunciable, es una ciudad que alberga más de 35.000 estudiantes. A Raquel le recuerda a su época de proyecto de abogado en Salamanca, y a mí no me recuerda a nada. Mi vida universitaria no estuvo acompañada de ambiente nocturno.
Parece que de golpe ha venido la Navidad. Decenas de puestecitos con adornos navideños y comida tradicional invaden el centro, iluminado de forma suficientemente creativa como para no parecer hortera. Nos perdemos por las calles, comemos productos tradicionales, y nos damos por vencidos a las diez. Nuestro conato de actividad nocturna desaparece demasiado pronto, estamos mayores.
Al llegar a casa, el calor de la pequeña estancia que hace de comedor-cocina-sala de estar-despacho-habitación… nos alegra. La caldera funciona y la noche será perfecta, una vez más.






europa07: dubrovnik, bálsamo soleado

Sra. Caracol








europa07: albania y montenegro

SRA. CARACOL
Gotas de bilis me retuercen las tripas durante treinta y seis horas mientras mi razón intenta comprender los motivos. Estamos en un país escombrera, de andamios y ladrillos que intenta olvidar el pasado mientras el futuro acecha con mala cara…
Albania está a tan solo unas horas en coche de Europa pero casi nadie se acuerda de ella. Basura de saldo inunda las vías y todo el país se lanza a la calle cada mañana en busca de algo que hacer. Los mayores de cincuenta años hace tiempo que han abdicado y se conforman con alinear las fichas blancas y negras de un dominó de evasión en el poco verde que resta en la ciudad de Tirana. Un poco mas lejos, restos de ilusiones desperdigadas entre los búnquers compiten con nuevas generaciones, portadores de las únicas sonrisas del entorno, cuidadores precoces de rebaños de dos ovejas. Los infantes aún no lo saben pero esa mueca despreocupada, aquí es un tesoro. Adobe y tierra inundan cada rincón en una reconstrucción quimera que sin apenas herramientas se esfuerza por volver a la normalidad.
Mientras el ritmo fluye como cada día, un extraño vehículo atraviesa los charcos y sortea la piedras. Nadie lo ha visto antes, nadie reconoce el peculiar habitáculo, cobijo de un micromundo de confort y sueños posibles. Quizás algunos de los viandantes sonríen ante la sorpresa, otros intentan averiguar curiosos quién viaja dentro, los mas simpáticos saludan y gritan y algunos se esconden con recelo o vergüenza… pero todos, todos sin excepción, en seguida vuelven a su vagabundeo de supervivencia, no hay tiempo que perder. ¡Alguno tal vez imagine una visión de esa Europa soñada y prometida, la Europa de los “buenos”!
Ellos no saben que dentro de la burbuja, alguien se pregunta cómo es posible que nadie nos haya dicho nada; cómo es posible que tan cerca, exista un país en estas condiciones, mientras sus vecinos Bosnios y Croatas, hace poco eran portada de innumerables revistas, periódicos y comensal imprescindible de noticiarios sensacionalistas de mediodía. Alguien que no puede evitar sentirse culpable porque su cuerpo y su mente quieren salir de allí como sea, y su egoísmo confortable sabe que en unas pocas horas estará fuera de este cuadro dantesco. Alguien que sabe que esa noche, cuando ella esté refugiada en el calor de sus mantas, a salvo de cualquier peligro, al otro lado de una raya imaginaria,  habrá otra chica, quizás de su misma edad, quizás un poco más delgada, quizás mucho más cansada,  que se esforzará por conciliar el sueño en una barraca llena de humedad con olor a orín de gato y excremento de rata. Y entonces las mantas en la cama de la chica europea empezarán a pesar demasiado, como millares de cuerpos fulminados, como litros de lágrimas derramadas, como cientos de besos aniquilados. Todo el peso de la barbarie sobre ella esa noche, como en una película que nadie le había recomendado y que se le ha grabado en la conciencia para siempre. La suerte de nacer en uno u otro lado, la injusticia de estar en el lugar equivocado, el destino de los de suerte y de los marcados… las diferencias que hacen que una magdalena regalada por la ventana de un vehículo foráneo sea un capricho para unos y el único bocado del día para “los otros”… Y en esta noche de revueltas en la cama, será Morfeo el único que conseguirá unirlas en una ilusión de esperanza.



27 fotos de Raquel desde la autocaravana. 27 imágenes al azar. 27 horas en cruzar la Exyugoslavia.

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SR. CARACOL
No soy futbolero, pero hoy he sido del Barça, más bien dicho, del superbarça. Estamos en la frontera griega con Macedonia. Hay un error en mi carta verde internacional. Tengo que hacer una falsa traducción de la letra pequeña para que nos dejen pasar. Cien metros después cuatro tipos nos paran y nos miran las caras. Revisan mi carnet y por la expresión de sus rostros les debo parecer un turco secuestrando a una francesita en una autocaravana española con un perro con jersey rojo. Nos abren la barrera, respiramos tranquilos y cien metros más adelante unos policías macedonios nos detienen. Raquel se baja para ir hasta la ventanilla a revisar los documentos mientras a mi me registran la autocaravana enterita. Los dos agentes juegan con Coque mientras uno de ellos me dice que si soy del Madrid, le digo que no, así que me dice: “oh, del Barça, el superbarça!”. Le veo tan entusiasmado que le digo que sí, que del Barça sí. Me empieza a decir todos los jugadores del gran club y no me suena ninguno, yo me quedé en la época de Zubizarreta… El tipo me dice que le regale una camiseta de mi equipo pero le digo que no he traído, así que me pide algo de pasta para comprar unas bebidas. Se conforma con un par de euros que se esconde rápido en su chaqueta, no sea que le vean los superiores. Salimos de allí sin problemas y con 4 euros menos. A Raquel también le han pedido una propina.
La carretera cambia, estamos en un puerto de montaña, llueve, es de noche, hay baches, agujeros, trozos sin asfalto. ¡Cómo puede ser que una sola línea imaginaria en el suelo, unas cruces en un mapa, un par de barreras y unos polis futbolistas y cerveceros marquen tantas diferencias!
El viaje por Macedonia dura poco, casi menos que cruzar su frontera con Albania. No hay cola, ya es bastante tarde, pero los papeleos y los pagos de euros inventados se hacen eternos. Cuando nos vamos a ir Raquel pregunta al último agente que nos revisa si Albania es seguro y le contesta en inglés: “Claro que es seguro! ¿donde te crees que estás? Esto es Albania!” Nos alegramos de la respuesta…
Estamos cansados y la carretera ahora es peor que en el país que acabamos de dejar. En la primera ciudad que encontramos decidimos parar a dormir. Es una ciudad gris, silenciosa, oscura. Solo hay hombres en la calle. Buscamos el lugar más seguro, a las puertas del ayuntamiento. Lo reconocemos por la placa identificativa y las banderas, no por su aspecto, pues está destrozado.
La noche es horrible. Multitud de voces rodean la autocaravana a todas horas y me despierto a mirar por la ventana. Coches que se detienen a mirar la matrícula, grupos de chavales chafardeando, y yo en el interior, como un padre de familia en la guerra que me he inventado, intentando salvar a los míos. Mi imaginación crea historias, pienso como saldré de ahí, cómo aceleraré mientras ese coche de cristales tintados que acaba de pasar me persigue… consigo volver a dormir un rato. Nuestra rutina diaria nos la saltamos hoy. Ni desayuno, ni ducha, ni paseo a Coque. Salimos de allí.
La carretera es difícil, un constante puerto de montaña con subidas y bajadas del 10%, con barro en la carretera. Los camiones conducen como en ningún país de los que hemos estado. Tienen prisa. Sus patrones les obligan a tener las naranjas, lechugas y tomates a tiempo en Bruselas o Italia, así que no hay líneas en la carretera, ni señales de peligro en su manual. Tampoco ningún policía les mirará el taquímetro.
Desde ayer no hemos parado de conducir, estamos llegando a Tirana, la ciudad más importante de las que vamos a cruzar hoy. Raquel y yo no sabemos donde estamos, antes de iniciar este viaje ni nos planteábamos pasar por aquí, tampoco existen guías de viajes, ni libros sobre Albania, nadie ha comprado el dominio www.turismoenalbania.com así que todo son sorpresas, y desilusiones.
De Tirana solo tengo una referencia: ayer recibí un mail de alguien a quien dije que iba a pasar por aquí, y decía que “en Tirana hay mucha marcha” y le creí, por un momento imaginé que quizás era cierto, que íbamos a una ciudad activa, multic
ultural, una especie de Estambul. El amigo que me escribió es culto y viaja, así que no tenía por qué dudar de él. Pero estaba claro, estaba utilizando la ironía que tanto le caracteriza. Esto, la única marcha que tiene es la lenta, el ritmo de levantar un país poco a poco, el de la destrucción, el de la pobreza.
Recorremos esta ciudad entera por error, no hay ningún tipo de señal de tráfico ni nada que te indique dónde ir. Aquí no hay direcciones, no hay objetivos turísticos, no hay más que gente en la calle, gente en paro jugando a cartas en la calle.
El amigo Francesc me comentó hace un par de días que si visitaba Albania no me olvidara de la ruta de los búnkers. Mi amigo Francesc es historiador y creí que sería interesante su recomendación, pero habíamos decidido pasar de largo este país lo más rápido posible. Pero amigo Francesc “no ha calgut fer la ruta que m’has recomanat, la ruta dels búnkers és present a tot el país. Això està trist i és tan terrible com les guerres de les que tú has escrit. Búnkers per tot arreu, soldats, mirades tristes, nens al carrer sense anar a escola…”
Nos miran raro, quizás no hayan visto una autocaravana jamás porque nos saludan, incluso alguien nos hace el símbolo de la victoria con los dedos.
Raquel está agotada, física y mentalmente. Nadie había decidido montarse en el túnel del terror, en el tren de la bruja y recorrer estas horribles ventisiete horas de trayecto. Soñamos con Dubrovnik, que esperamos alcanzar mañana. Ahora ya es tarde y nos conformamos con llegar a Montenegro, el siguiente país. Tampoco sabemos cómo es.
La carretera se complica en los últimos pueblos de Albania. Creemos incluso habernos perdido pero no lo podemos saber, el GPS no funciona aquí y los mapas no tienen la mitad de carreteras ni pueblos que vemos. Nuestra velocidad desde hace rato no supera los 30km/h en un carretera recta. Hay baches, alcantarillas sin tapa, maderas, piedras, perros cruzando, señoras con troncos, señores paseando vacas, chavales con rebaños de pavos… todo lo imaginable se cruza en nuestro camino.
Hay un momento en el que le digo a Raquel: “Reza para que no pinchemos”. Un minuto después oigo un fuerte golpe en la rueda acompañado de un silbido constante. “Mierda, he reventado la rueda!!!!”. Bajo con la linterna, cagado de miedo en este camino al infierno. Sigo oyendo el silbido, así que confirmo el pinchazo, hasta que a 2 metros de mí aparece un chaval con un pito en la boca. El susto que me da no tiene palabras, me subo corriendo a la auto y salgo de allí contento por no haber pinchado, pero con un susto en el cuerpo que me costará quitarme un buen rato. Unas horas más tarde, alcanzamos la aduana.
Esta vez es un poco más complicado, tanto que cuando creemos que ya está todo resuelto, descubrimos que aun no hemos entrado en Montenegro, todas las gestiones que acabamos de superar solo eran para abandonar Albania. La carretera se acaba, parece que en 5 minutos se ha hecho totalmente de noche. Vuelve a llover. Creemos estar en la peor de las pesadillas. El asfalto está totalmente destrozado y un camino de arena y barro es la nueva carretera nacional. Dos chabolas, sí, sí, señores, dos chabolas hacen de control de aduana y los policías visten un uniforme que me recuerda al chandal del equipo de fútbol de mi pueblo hace 20 años. Un policía nos pide la documentación de muy malas maneras y se la lleva en la mano. Veo como mi seguro se moja con la lluvia, pero a él no le importa. Tarda demasiado en volver, así que bajo y me encuentro con un grupo de albaneses haciendo cola bajo el aguacero. No tienen paraguas y todos nos mojamos por igual. Allí todos parecemos hermanos, pero yo, llevo las estrellas europeas en mi matrícula y eso, tristemente, me aventaja sobre ellos, así que consigo montar de nuevo en mi frágil autocaravana y salir de allí.
Jamás, lo juro, jamás había conducido por una carretera así. Un puerto de montaña de un solo carril, camiones y trailers con remolque de 12 metros viniendo de cara a 10km/h. Debemos maniobrar y colaborar todos para caber. Cada 200 metros debo subirme a las rocas para dejar paso y veo como remolques cargados de fruta rozan mi casa marrón. Estamos llenos de barro.
Recorremos unos cuantos kilómetros así pensando en todo lo que estamos viendo, viviendo. Raquel tiene demasiado presente su estancia en Tailandia este agosto, y yo hace apenas dos meses que he vuelto de rodar en Madagascar. Pero esto, todo esto es más jodido que nada. No puedo decir otra palabra: jodido. Aquí vivían bien hace unos años y ahora todo es oscuro. Los niños no te ríen cuando les haces fotos. Aquí se esconden, se avergüenzan de cómo están. No tienen nada que ofrecerte, ni esa sonrisa que nosotros, los turistas privilegiados buscamos.
Sorprendentemente, cuando estábamos a punto de darnos por vencidos, aparece un nuevo Montenegro, un Montenegro recuperado, europeizado, con carreteras asfaltadas, rótulos con direcciones y un supermercado donde poder comprar algo.
Un pequeño pueblo costero nos acoge pacíficamente. Cierro los ojos pensando en demasiadas cosas, tantas que hoy tampoco consigo dormir. Ahora no es de miedo. Por un lado reviso todo lo que he visto estos dos últimos días, y también lo que no he visto. La mañana tarda en llegar y tengo el cuerpo destrozado.
Cuando parece que ha terminado la pesadilla, empiezan los problemas en la autocaravana. La calefacción se ha roto. Estamos a 2 grados bajo cero por la noche y nuestra casita está helada. Tampoco tenemos agua caliente, así que nos tenemos que duchar con ollas de agua templada en la cocina. A la hora de desayunar, la leche está cortada. Para colmo la auto sigue teniendo el panel de control averiado, la alarma sigue sin funcionar y el motor está inundado de agua. Señor, soy consciente de la suerte que tengo de ser de donde procedo, pero ¿no me podía haber administrado las desgracias un poquito?
Salimos de allí con un cambio de planes de urgencia, hay que volver a Italia a arreglar todos los problemas que tenemos. Tristes por todo lo que hemos visto salimos hacia el norte. Mañana más.






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